Monday, February 26

‘Din rodef’


No hace tanto tiempo de todo aquello. No hace tanto de la invocación del din rodef. No hace tanto de la infamia en que se basó la carrera política de Benjamín Netanyahu.

Empecemos por 1991, cuando se celebró la Conferencia de Paz en Madrid. Había grandes esperanzas. En 1993, en la Casa Blanca, se firmaron los Acuerdos de Oslo, plasmación concreta de la conferencia madrileña. Ahí estaban, bajo la mirada de Bill Clinton, Yasir Arafat, presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), e Isaac Rabin, primer ministro laborista de Israel. Ahí comenzó el actual capítulo de una larga historia de odios.

En cuanto Rabin estampó su firma en un documento bastante vago, basado en lo que se llamaba “paz por territorios”, un grupo de rabinos extremistas esgrimió el “din rodef” para exigir el asesinato de Isaac Rabin. El din rodef o ‘ley del perseguidor’ es un oscuro precepto del Talmud de Babilonia que permite matar a quien ponga en peligro la vida de judíos inocentes. Moisés Levinger, rabino líder de los colonos de Hebrón, e Isaac Ginsburgh, rabino, matemático, filósofo y gran teórico de la colonización, iniciaron el griterío del din rodef. Con sus cesiones territoriales, el primer ministro Rabin ponía en peligro la vida de judíos. Había que acabar con él.

El entonces joven secretario del partido conservador Likud, Benjamín Netanyahu, se unió a los gritos. Organizó manifestaciones en las que se comparaba a Rabin con Adolf Hitler, difundió imágenes en las que se disfrazaba a Rabin de oficial de las SS y encabezó una marcha (con un ataúd y una soga) en la que se coreó “Muerte a Rabin”. Netanyahu fomentó una locura colectiva.

El 25 de febrero de 1994, el médico Baruch Goldstein entró en la mezquita de Ibrahim, o Tumba de los Patriarcas, armado con granadas y un fusil de asalto. Asesinó a 19 palestinos e hirió a más de cien. El 4 de noviembre de 1995, el primer ministro Rabin presidió en Tel Aviv un acto multitudinario en favor de la paz. En cuanto concluyó, Yigal Amir, un joven fanático entusiasta del din rodef, mató a Rabin con tres disparos de pistola.

Tras un breve mandato, poco más de un año, del laborista Simón Peres, Benjamín Netanyahu alcanzó al fin el poder. Nunca más hubo ya ninguna esperanza de paz. Netanyahu prometió a los israelíes “seguridad”. A la vista de los hechos, su éxito resulta discutible. Pero Netanyahu, pese a varios procesamientos por corrupción, ha protagonizado la política israelí durante las pasadas tres décadas.

Muchos de quienes invocan ahora con auténtico furor el (indiscutible) derecho de Israel a defenderse de los ataques de Hamás (lo discutible es cómo se defiende) parecen confundir Israel con Netanyahu. El caso es que Israel es mucho más que Netanyahu. Israel son también los israelíes horrorizados por la situación en Gaza, partidarios del fin de la colonización en Cisjordania y conscientes de que el creciente apartheid y los crímenes de los colonos en los territorios ocupados de Cisjordania siembran las semillas de futura violencia. Israel es también el diario Haaretz, fundado en 1919, que exige la dimisión inmediata de Netanyahu.

Ese otro Israel es cada vez más pequeño, cierto: como hemos aprendido en determinadas comunidades españolas, si el poder favorece el nacionalismo y el fanatismo en las escuelas, controla los grandes medios de comunicación y acosa la independencia de los jueces, el nacionalismo y el fanatismo progresan, la razón retrocede y la convivencia se pudre.

Algunos de esos “defensores” de Israel ven las cosas en blanco y negro y se aferran a un silogismo que podría sonar razonable y no lo es: Israel es una democracia (en proceso de degradación) rodeada de regímenes autoritarios y/o islamistas, Israel lucha contra los yihadistas (aunque ayudara a la creación de Hamás), luego Israel es de los nuestros y puede hacer lo que quiera.

Es el mismo silogismo por el que Estados Unidos respaldó la dictadura de Francisco Franco o las dictaduras de Augusto Pinochet en Chile y de Jorge Videla en Argentina: eran militares anticomunistas, se libraba una guerra fría contra la URSS y, por tanto, podían hacer lo que quisieran. Eran de los suyos, de Washington. Pero nunca fueron de los míos.

Se puede estar a favor de la existencia y la seguridad de Israel sin estar a favor de Netanyahu y de las matanzas de civiles palestinos. Como es mi caso. 



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