Saturday, October 16

El español que viajó a lo más profundo del océano: “No protegemos lo que no conocemos”


El espacio exterior ejerce sobre el ser humano una fascinación tan poderosa que, remota ya la influencia de Verne o Cousteau, es fácil olvidar que en la Tierra aún existen lugares ignotos por descubrir y fronteras por derribar. Héctor Salvador (Lugo, 1983) eligió explorar los mundos posibles que hay en nuestro planeta. El pasado 18 de abril se plantó en un batiscafo sobre el Abismo de la Sirena, en la Fosa de las Marianas.

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El Abismo de la Sirena está a 10.706 metros de profundidad, a una distancia tal de la superficie que, si colocáramos allí el Everest, aún quedaría sumergido. Para aterrizar hay que bajar durante cuatro horas y media. Una vez allí, hacen falta 14 segundos para comunicarse con la superficie. A diez kilómetros de profundidad la presión se hace insoportable: cada centímetro cuadrado soporta el equivalente a mil kilos de peso. Cualquier fallo en la estructura del sumergible lo convertiría al instante en un amasijo de chatarra. La Fosa de las Marianas es el punto más bajo del planeta, un sitio donde nada (o casi nada) puede vivir, y Salvador el primer español que las visita.

Viajes turísticos submarinos

Antes de completar su hazaña, Salvador pasó seis años y medio desarrollando el DSV Limiting Factor, el sumergible que le llevó a las profundidades. El objetivo inicial era proporcionar a un mecenas, Víctor Vescovo, un aparato para clavar su bandera en los puntos más profundos de cada océano. Hasta que se completó el reto, solo dos expediciones habían llegado a las Marianas: el batiscafo Trieste con Don Walsh y Jacques Piccard, en 1960, y James Cameron, en 2012, para rodar un documental.

Ahora, Triton Submarines pretende aplicar esta disruptiva tecnología al sector turístico. Salvador, que además de piloto de batiscafos es director de operaciones de la empresa, presentó su proyecto en SUTUS 2021, el segundo encuentro internacional de turismo submarino y espacial celebrado en Les Roches Marbella.

La idea de Triton Submarines es facilitar los viajes submarinos a gran profundidad, un salto cualitativo respecto al medio centenar de sumergibles con fines turísticos que operan en el mundo, la mayor parte construidos en los años 80 y 90. No se trataría de llegar a las profundidades abisales, sino a aquellas que permitan conocer y apreciar la fauna marina o los restos arqueológicos con un modelo de sumergible optimizado para estos viajes. “En este sumergible puedes tomarte una copa mirando frente a frente la fauna marina. El cristal desaparece de tu vista por un efecto óptico y no sientes la sensación de claustrofobia”, explica Salvador. A esas profundidades a las que la luz no llega, el agua es tan límpida como la mineral; basta encender un foco para observarlo todo.  

Héctor Salvador iba para ingeniero aeroespacial, pero una inmersión con uno de los hijos de Jacques Costeau, con quien coincidió en la Agencia Espacial Europea, le cambió la vida. “Esta es una experiencia que te transforma. No hay palabras para explicarlo. Lo más asombroso es que está lleno de vida, de criaturas adaptadas para vivir ahí”, comenta: “Hemos sido capaces de grabar un kraken: lo grabamos a 700 metros de profundidad en Japón. Pasó 20 minutos mirándonos con un ojo tan grande como mi cabeza”.

Dos tercios de la superficie terrestre están cubiertos por el mar. Apasionado de los mundos submarinos, Salvador recuerda que “el océano profundo tiene un impacto directo en la absorción del dióxido de carbono, en la temperatura terrestre o en los ciclos de vida”. Por eso, defiende que estos viajes a gran profundidad tienen también un importante potencial científico, y cree que hacer accesible la exploración submarina provocará un efecto positivo para la conservación de los entornos marinos. “No protegemos lo que no conocemos”.

“El océano es adictivo”, admite este ingeniero que comenta con sorna que tiene difícil caer más bajo.  

Usted ha estado a 10.000 metros de profundidad. De los abismos más profundos de la Tierra, ¿qué le atrae?

A mí lo que me apasiona es la exploración. Quizá es por la suerte de haber sido un niño en 1992, cuando España publicitó al mundo la era de los descubrimientos, el V Centenario de Colón y aquellos documentales preciosos de exploración. Desde pequeño tenía el afán de explorar y fui de los espeleólogos más jóvenes de España. Creo que también es culpa de las películas y del sistema educativo.

Empezó apuntando al espacio, y ha acabado en territorios submarinos.

Siempre te dicen: el espacio. La Tierra ya la hemos acabado, hemos explorado el 100% y solo queda el espacio. Eso me movió a estudiar Ingeniería Aeronáutica, ir a la Agencia Espacial. Pero casi por accidente te das cuenta de que ahí detrás tenemos el océano, que queda tanto por descubrir y no se hace proactivamente casi nada por explorarlo. Y es el 70% del planeta. En estas expediciones podemos mapear las fosas más profundas del planeta, y estamos descubriendo cada minuto accidentes geográficos desconocidos. Al final de la expedición tenemos la oportunidad de proponer nombres para un valle, una montaña o una fosa… Es increíble que en el siglo XXI todavía quede tanto de nuestro planeta por descubrir. Es algo que hasta que no entré en esta industria no era consciente. Y creo que mucha gente todavía no se da cuenta de todo lo que podemos aprender del océano.

¿Hay un impulso adicional para hacer algo que a la mayoría le provocaría, como poco, cierto temor?

Esa pregunta se puede aplicar a cualquier cosa. A mí nunca me gustó el fútbol, pero supongo que siempre me apasionó lo desconocido. Este afán es algo innato al ser humano. ¿Qué niño no hace la travesura de colarse por un agujero por el que no debería? Es la naturaleza humana de explorar lo desconocido. Creo que a la superficie de la Tierra le hemos destrozado el romanticismo: por muy remoto que sea, seguro que hay un turoperador que te lleva. Si quieres escalar el Kilimanjaro, por 1.000 euros te suben. Por eso creo que la única forma de alimentar la inquietud innata del ser humano es buscar nuevas fronteras.

¿Es cuestión de tiempo que los turoperadores hagan con los océanos lo que se ha hecho con la superficie terrestre?

Yo espero que sí, siempre que sea responsable y sostenible. Es una experiencia que te transforma. Cambia tu forma de comprender el planeta cuando puedes ver cómo las distintas especies viven en armonía. Cousteau decía que en la superficie hemos agotado esta oportunidad: aparece un zorro que nunca ha visto un ser humano y tú nunca has visto un zorro, y el zorro en cuanto te ve dice “humano malo”, lo tiene en los genes y se va a escapar. Bajo el mar tenemos esta segunda oportunidad. Cuando bajas y viene un mero o un tiburón, vienen a verte; hace contacto visual, tiene curiosidad por ti. Hay mucho que se puede hacer para que sea sostenible. Puedes bajar a los niños, enseñarles el tiburón y decirles que es importante que no comas la cumbre de la pirámide alimenticia. No estamos acostumbrados al medio marino, pero cuando bajas, lo ves con tus ojos, lo entiendes, puedes evolucionar para llevarnos mejor con los océanos.

El modelo turístico predominante tiende a ser depredador de los recursos naturales. ¿Qué le hace pensar que el turismo submarino vaya a ser distinto?

Es importante que se haga de forma respetuosa. Dependerá de los operadores, porque el turista va a estar dentro del submarino y no va a interactuar con el medio. En este sentido, creo que es más sostenible que el buceo con botella. El que baja puede meter el dedo en la cueva del pulpo o romper un trozo de coral para llevárselo. Un submarino no. Este último año hemos hecho inmersiones turísticas a la fosa de las Marianas, y una empresa está vendiendo viajes turísticos al pecio del Titanic. Son los dos puntos más conocidos del océano, pero España es el país con más litoral de Europa, con una gran cantidad de barcos hundidos, una de las historias marítimas más ricas y una gran biodiversidad en el Cantábrico, el Atlántico o la costa mediterránea.

Creo que hay muchas poblaciones que podrían regenerar su industria turística, ya no con un turismo de sol y playa, sino de la riqueza submarina, de forma que sea sostenible. Que aprendas que observando la vida marina traes más riqueza que acabando con ella. Es un ejercicio que hemos hecho en varias comunidades, en las que los pescadores se reconvierten a operadores de sumergibles o de centros de buceo, porque ganan más dinero si el pez está vivo que si está muerto. Es una oportunidad de que se regenere la vida en los océanos.

Usted habla de su primera experiencia de inmersión profunda casi como una revelación mística.

Es difícil de explicar con palabras porque es muy diferente a cualquier cosa que podamos vivir en la superficie. Pero sí lo describiría como la cumbre de mi carrera, el momento en que dices, permíteme la broma, “más bajo no podía caer”. Cuando empecé pilotando submarinos me formé a 10 ó 20 metros. La primera inmersión a 100 metros era el límite operativo de aquel vehículo. Después de años de desarrollo hacemos uno que baja a 300. Cambio de empresa a una que podía ir a mil. Y el día que bajas al punto más profundo de nuestro planeta es “hasta aquí podía llegar”. Entonces te das cuenta de la magnitud: son cuatro horas y media cayendo a través de la columna de agua.

¿Qué hace durante el trayecto?

No te puedes relajar en un entorno tan hostil, pero tampoco es una carga de trabajo elevada. Vas revisando los sistemas de soporte vital: que tengas oxígeno o que los niveles de dióxido de carbono estén dentro de los parámetros. También que el vehículo se comporte como debería. Te comunicas con superficie cada 15 minutos, enviamos un paquete de telemetría, triangulas tu posición para ver dónde vas a aterrizar, aunque hay muchas corrientes en la columna de agua. No tienes que estar en los controles de forma activa.

¿Qué comunicación hay con el exterior?

Tenemos comunicación de voz y datos, por ultrasonidos. Viaja a la velocidad del sonido en el agua, lo que quiere decir que hay un desfase en las comunicaciones. Unos siete segundos por trayecto. Si digo “hola” tengo que esperar 14 segundos a tu respuesta, y es bastante impresionante porque llega con el eco de la propia fosa. Hay que adaptarse a esas condiciones, y eso te hace darte cuenta de lo lejos que estás. 14 segundos de retraso es lo mismo que a la Luna, y hasta cierto punto nos sentimos tan aislados como los hombres que estaban en la Luna. Sabes que en ese momento solo hay dos personas en el fondo del océano, que están en esa cápsula, y sabes que si algo va mal estás solo. No hay posibilidad de rescate. Es una situación muy bonita: “He hecho un buen trabajo que ahora me está cuidando y me mantiene vivo en un entorno tan hostil”. Has confiado tu vida a esa máquina y tiene que ser esa simbiosis la que vuelva a la superficie. No es un coche al que se le pincha una rueda y esperas que venga la grúa.

¿Se pone nervioso? ¿Sigue algún protocolo antes de sumergirse?

No, lo único es que me gusta ver el amanecer el día que voy a bajar. Nunca sabes cuántos amaneceres vas a ver en tu vida, y es bonito ver este por si fuera el último.

¿Piensa que puede ser el último cuando se sumerge?

Sí, en el momento de ver el sol, sí. Voy a disfrutar de los colores. Una vez que te sumerges es un mundo en el que dominan los azules. El amanecer con todos los rojos es casi una despedida del planeta colorido antes de pasar a un planeta monocromático bajo la superficie del océano.

¿Y entonces siente miedo?

Miedo… Fue una epifanía de este viaje. ¿Qué es el miedo? No sé para ti, para mí es: “¿Y si pasa algo y no sé arreglarlo?” Tengo miedo a no hacerlo bien. Que entre agua y no saber identificarlo. Pero cuando estás en un entorno tan extremo como la Fosa de las Marianas, si algo fuese mal directamente no te enteras. Sería instantáneo.

¿Eso le tranquiliza?

Muchísimo. Fue la inmersión más tranquilizadora que he hecho en mi vida. Si bajas a cien metros, hay cosas que pueden ir mal y muchas cosas que puedes hacer para solucionarlo. Para que te hagas una idea: cuando estás a poca profundidad la estanqueidad la hacen juntas de goma; cuando bajas a tanta profundidad, está todo tan comprimido que es metal contra metal directamente. Es imposible que eso fugue. Si fuga, no va a ser algo pequeñito, sino catastrófico. ¿Para qué preocuparte por algo que va a consumir recursos de tu atención si no vas a poder solucionarlo? Ese momento fue super relajante disfrutar esa experiencia, porque cuando dejas la superficie ya estás en manos de la máquina.

Tiene una relación muy especial con esa máquina…

Bajar a 100 metros es algo que llevamos haciendo desde los 70. Pero hacer un submarino para una profundidad ilimitada fue un reto brutal, porque no puedes ir a una tienda y decir “quiero motores que bajen a cualquier profundidad y aguanten cualquier presión”. Tuvimos que desarrollar prácticamente todo desde cero. La relación que estableces con la máquina es única.

Por favor, cuénteme qué hace una vez ha llegado al fondo. ¿Paran para comer?

Son doce horas de inmersión. Cuatro y media hacia abajo, tres y media hacia arriba y cuatro en el fondo. Tienes que comer. Tenemos una pequeña tradición de llevar tu plato favorito. Un compañero alemán se llevó un struddel y yo me llevé un bocadillo de jamón.

¿El vehículo puede desplazarse?

Puedes recorrer cierta distancia, y eso fue lo más bonito. Nuestro objetivo era rescatar un módulo atascado. Al bajar tenemos que poner tres balizas para triangular la posición y es donde realizamos la misión científica: toma de muestras de sedimento, agua, animales que entran en las trampas biológicas… Una de estas había quedado atascada en el fondo. Mi misión era rescatarlo. Es un aparato del tamaño de esta mesa en lo más profundo del planeta: localizarlo, que fue todo un reto, liberarlo, y mandarlo de vuelta a la superficie. Hicimos los cálculos, y como el módulo sube más despacio que nosotros, si empezábamos el ascenso podíamos chocarnos en la columna de agua. Así que tuvimos que esperar al menos dos horas para que nos adelantara lo suficiente.

Ya que estaban allí, no esperarían de brazos cruzados a que pasara el rato…

Usamos esas dos horas para explorar la fosa. Encontramos las comunidades microbianas, bacterias extromófilas que no se basan en la fotosíntesis sino en la quimiosíntesis, usando los chorros de agua a alta temperatura que se filtran por la grieta de la fosa, se calientan con el magma y vuelven a salir a alta temperatura y presión arrastrando minerales. Hay científicos que creen que ese podría ser el origen de la vida en el planeta, cuando la atmósfera era tan densa que no llegaba la luz del sol. Encontramos esa comunidad y tuvimos el tiempo para recoger muestras. Es la primera vez que se traen a la superficie. Creo que ese rato extra va a ser mucho más trascendental que rescatar el módulo.



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