Sunday, October 2

El gran reto de extender la vida humana: una historia de avances y decepciones


El día que el corazón de Jeanne Calment dejó de latir, esta mujer francesa marcó un hito extremadamente difícil de superar. Jeanne, la persona más longeva (documentada) de la historia de la humanidad, fallecía con 122 años y 164 días en 1997. No se trataba exclusivamente de un logro individual y aislado, sino que era la cúspide de una tendencia colectiva. Desde hace más de medio siglo, el número de supercentenarios, aquellos que han superado la barrera biológica de los 110 años, se ha multiplicado en el mundo. Este fenómeno no responde solo al aumento de la población humana global, sino que está íntimamente relacionado con el progresivo aumento de la esperanza de vida del ser humano en todo el planeta. Así, se estima que en este momento existen cientos de supercentenarios pisándole los talones a Calment.

Jeanne Calment, que murió en 1997 con 122 años, es la persona más longeva documentada. Pero cientos de supercentenarios le pisan los talones

Hoy podría resultarnos una idea difícil de concebir pero, hace apenas unos pocos siglos, lo normal para cualquier persona era no llegar a los 40 años. En la actualidad, sin embargo, la esperanza de vida global se sitúa en torno a los 73, con grandes diferencias entre naciones (desde los 86 años de Singapur hasta los 51 de Lesoto). Este feliz y drástico cambio en la demografía humana no habría sido posible sin la ayuda de numerosos avances que fueron apareciendo a partir del siglo XIX.

Así, la mortalidad por multitud de enfermedades infecciosas cayó en picado gracias a la higiene conseguida por el alcantarillado o la potabilización de las aguas. Más tarde, la aparición de las vacunas supuso el principio del fin de epidemias que habían azotado a los humanos durante milenios (como la viruela) y los antibióticos evitaron que multitud de infecciones bacterianas se convirtieran en sentencias de muerte. Las mejoras en diversas facetas de la vida diaria, como la alimentación, las estrategias de salud pública para la prevención de diversas enfermedades o la atención sanitaria contribuyeron aún más a extender la esperanza de vida por el mundo.

La ruta hacia la longevidad

Por ahora, nada indica que el aumento constante en la esperanza de vida mundial tenga un límite (aunque la pandemia de COVID-19 haya supuesto un bache en el camino), ¿pero podría tenerlo en un futuro próximo? ¿Existe una barrera biológica infranqueable que nos impida superar cierta edad? Esta pregunta se ha repetido en innumerables ocasiones entre los científicos y aún hoy sigue dando lugar a un intenso debate: no hay todavía una respuesta clara y contundente, debido a los limitados datos con los que contamos. A un lado, están los investigadores que defienden que existe un límite en la edad que puede alcanzar una persona (que se situaría en torno a los 120 años). En el otro, se encuentran aquellos que afirman que no existe una barrera biológica concreta.

Todo lo que sabemos con certeza en este asunto es que la persona más longeva documentada vivió 122 años y 164 días y que desde 1997 nadie ha conseguido batir este récord biológico, por ahora. Más allá de este dato clave, la investigación de centenarios y supercentenarios nos ha dado pistas interesantes sobre qué factores son importantes en el proceso de envejecer.

Por ejemplo, las mujeres cuentan con una ventaja indiscutible en el terreno de la longevidad extrema. El 80% de las personas centenarias y el 90% de las supercentenarias son mujeres. Este fenómeno no se debe solo a diferencias en estilos de vida (por ejemplo: los hombres suelen consumir más alcohol y tabaco), sino también a factores genéticos (presencia de doble cromosoma X) y hormonales (estrógenos). Más allá del sexo biológico, los supercentenarios parecen tener pocos rasgos en común exceptuando dos detalles importantes: ninguno de ellos había sido obeso y la absoluta mayoría no era fumadora o fumaba muy poco.

Por otra parte, las investigaciones más recientes indican que hay dos factores esenciales que tienen un gran peso a la hora de determinar nuestra potencial longevidad: los genes y los estilos de vida. Así, alcanzar los 70-75 años depende en un 70% de nuestros hábitos relacionados con la salud: práctica de ejercicio físico, dieta, estrés, calidad del sueño, consumo de sustancias tóxicas… Sin embargo, conforme se van cumpliendo más años, el peso de los estilos de vida va siendo cada vez menor. De esta forma, sobrepasar los 100 años de edad es una hazaña que pasa a depender principalmente de los genes (en un 70%). Es decir, en la “lotería” de la longevidad humana hay ciertas personas que cuentan con muchas más papeletas, desde el nacimiento, para convertirse en centenarias o supercentenarias.

La clave está en el ADN

En cualquier caso, aún queda mucho por descubrir en el terreno de la genética de las personas más ancianas, pero vamos poco a poco aprendiendo más detalles. Por ejemplo, parece que los individuos que poseen ciertas variantes de genes encargados de la reparación de daños del ADN están más protegidos frente a enfermedades asociadas al envejecimiento. Esto probablemente se debe a que las mutaciones en sus células se reparan de forma más efectiva, retrasando los efectos del envejecimiento.

En los últimos años, varios multimillonarios de Silicon Valley, entre los que destacan Larry Page (cofundador de Google), Jeff Bezos (fundador de Amazon) o Peter Thiel (cofundador de Paypal), se han decidido a invertir parte de su fortuna en la investigación de la extensión de la vida humana. Estas acciones suponen un gran impulso financiero a un campo de la ciencia que ha tenido hasta hace poco escasa relevancia, a pesar de que las sociedades occidentales con un envejecimiento progresivo lo miran cada vez con mayor interés.

Conseguir tratamientos que logren no solo sumar años a la vida sino también añadir vida saludable a los años sería un gran alivio para las poblaciones que en las próximas décadas sufrirán el gran impacto de las enfermedades asociadas a la edad como el alzhéimer, el cáncer, la artrosis, los ictus e infartos, la osteoporosis…

El sueño: vivir lo máximo posible

¿Qué hemos aprendido en las últimas décadas sobre la longevidad? La moraleja del conjunto de investigaciones científicas podría resumirse de la siguiente manera: Ahora sabemos mucho más sobre los complejos procesos moleculares que están detrás del envejecimiento, hasta tal punto que podemos extender de forma considerable la vida de multitud de animales de laboratorio, incluyendo a gusanos, moscas, ratones, ratas… Sin embargo, este éxito es, por ahora, esquivo en los seres humanos. ¿Por qué? Un factor clave en esta historia es la diferente biología entre dichos animales y nosotros. Algunos científicos proponen que quizás los humanos ya contamos de por sí con una esperanza de vida bastante amplia, comparada con otras muchas especies, y, por tanto, el margen de maniobra que tenemos para expandir la vida humana es pequeño. No obstante, esta posible explicación es solo una pequeña parte de los múltiples obstáculos en el camino para aumentar nuestra longevidad.

La absoluta mayoría de los diferentes tratamientos que se han aplicado a modelos animales para alargar de forma extraordinaria su vida son totalmente experimentales y su aplicación en el ser humano no estaría, hoy por hoy, justificada para este incierto fin. Muchas son terapias muy arriesgadas, con potenciales efectos adversos graves. Precisamente por eso, y porque estos tratamientos no se usarían para tratar a personas que sufren enfermedades, sino a individuos sanos, los comités éticos no aprobarían aún el uso de casi ninguno de ellos en ensayos clínicos. Así, las modificaciones genéticas para expandir los telómeros (extremos de los cromosomas) o para activar o silenciar genes específicos, que han tenido mucho éxito al alargar la vida de diversos animales, no son una opción, por ahora, en los humanos. Otras estrategias, como administrar ciertos fármacos que destruyen las células envejecidas (llamados fármacos senolíticos) o que activan/inhiben ciertas rutas moleculares, también cosechan muy buenos resultados en los animales de laboratorio, pero aún es pronto para trasladar muchas de sus aplicaciones a los humanos por las incógnitas que las rodean. No obstante, existen varias excepciones, entre las que destaca la rapamicina.

La rapamicina es un fármaco muy peculiar descubierto en la isla de Pascua. Esta molécula inhibe una proteína con multitud de funciones llamada mTOR y se ha usado ampliamente en medicina como fármaco inmunosupresor, para evitar el rechazo de órganos trasplantados. Además, múltiples investigaciones en el laboratorio han comprobado que la administración crónica de rapamicina frena el envejecimiento y reduce el riesgo de cáncer en animales. La larga experiencia de uso clínico de este fármaco y los alentadores resultados conseguidos en varias especies animales han permitido que se apruebe su uso en ensayos clínicos a dosis bajas con el fin de frenar el envejecimiento.

Alcanzar los 75 años depende, en un 70%, de nuestros hábitos. Pero la hazaña de convertirse en centenario es, sobre todo, responsabilidad de los genes

Todavía es pronto para saber si la rapamicina es beneficiosa (los ensayos realizados cuentan con pocos participantes, son de corta duración y están en fases 1 y 2), pero se trata de una de las moléculas más prometedoras en la actualidad para frenar el envejecimiento. Muchos otros compuestos, como vitaminas y diferentes antioxidantes, han ido fracasando en los últimos tiempos a la hora de ofrecer beneficios para la salud a corto plazo, por lo que nada indica que vayan a ayudar frente al envejecimiento. Otros fármacos que también se están investigando para averiguar su efectividad clínica son la metformina (usada en medicina para tratar la diabetes), medicamentos senolíticos como el dasatinib (empleado contra el cáncer) y antioxidantes como la quercetina.

Otro detalle práctico que dificulta en gran medida conocer si una terapia es efectiva para retrasar el envejecimiento en el ser humano es precisamente nuestra larga esperanza de vida. En el laboratorio se emplean animales que suelen tener esperanzas de vida de semanas, meses o escasos años, por lo que es sencillo y rápido comprobar si una determinada estrategia tiene éxito en expandir su vida. En los humanos, que pueden vivir más allá de 70-80 años, todo se vuelve irremediablemente lento y es mucho más complicado averiguar si algo es efectivo o no para retrasar el envejecimiento. De hecho, es posible que hoy contemos con medidas que podrían ser útiles para extender la vida en el ser humano, pero no podemos saberlo con certeza porque no ha pasado suficiente tiempo como para confirmarlo.

Nuestra larga esperanza de vida hace difícil saber si una terapia antienvejecimiento funciona: necesitamos muchos años para comprobarlo

Una estrategia que podría, quizás, resultar eficaz para retrasar hasta cierto punto el envejecimiento es la restricción calórica (reducción de las calorías consumidas en comparación con una dieta normal). Gracias a una ingesta calórica limitada, se ha conseguido que múltiples especies animales extiendan su vida de forma significativa. Sin embargo, los beneficios a largo plazo de restringir las calorías de la dieta en humanos son un misterio, por la sencilla razón de que aún no ha pasado suficiente tiempo en los ensayos clínicos que se están realizando para averiguarlo.

¿Las calorías importan?

Aunque no sabemos todavía si la restricción calórica u otras dietas restrictivas, como por ejemplo el ayuno intermitente, tienen alguna utilidad para frenar el envejecimiento, sí se están viendo en estudios clínicos ciertos indicios de beneficios para la salud. Por ejemplo: después de reducir un 15% la ingesta calórica en individuos durante dos años, se observó que el estrés oxidativo disminuía. Este dato podría resultar importante, pues el estrés oxidativo está implicado en multitud de enfermedades asociadas al envejecimiento. Por otro lado, también se ha visto que este tipo de dieta era efectivo a la hora de reducir el riesgo de depósitos de lípidos en los vasos sanguíneos (un proceso denominado aterosclerosis).

Así pues, mientras las investigaciones con animales y los ensayos en humanos siguen su curso, las opciones que tenemos a nuestra disposición para poner freno al envejecimiento, o al menos envejecer con más salud, no son precisamente vanguardistas, pero sí ampliamente recomendadas: ejercicio físico frecuente, dieta saludable, limitación del estrés diario, buena calidad del sueño y nada de consumo de alcohol, tabaco y otras drogas. Puede que estas acciones no nos garanticen vivir más allá de los 110 años (para ello, los genes tienen que estar de nuestro lado), pero sí incrementarán las posibilidades de vivir más y mejor.



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