Saturday, October 16

Facundo Manes, neurocientífico: “En unas décadas nos preocupará la privacidad de que accedan a nuestros pensamientos”


Cuando el responsable de prensa de Editorial Planeta llama a la puerta para avisar de que se acaba el tiempo de la entrevista (“¡cinco minutos!”) cuesta creer que uno lleve más de 40 hablando con Facundo Manes. Este neurocientífico argentino (Quilmes, 1969), de gira por España presentado su último libro, Ser Humanos. Todo lo que necesitas saber sobre el cerebro, coescrito con Mateo Niro, es capaz de bajar al nivel de la calle los últimos avances en su campo, qué sabemos del cerebro y qué no, contar las previsiones y sus miedos en este área. “Por primera vez en la historia estamos ante una evolución del cerebro que va a ser cyborg, no biológica, por la interacción cerebro-máquina”, pone como el ejemplo de hacia dónde vamos. Cerebros conectados que podrán comunicarse entre sí, máquinas mediante.

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Manes también ha estado observando la pandemia y cómo afecta a la población, y advierte de que de esta crisis podemos salir mejores o peores, y que depende de que seamos capaces de acudir a elementos como la empatía o la inteligencia colectiva si queremos evitar otros sentimientos como el miedo o la angustia, tan presentes estos últimos meses a nivel global. “Por primera vez en la historia de la humanidad todo el planeta ha estado sincronizado en la misma emoción, hemos vivido una pandemia de miedo y ansiedad”, cuenta. El neurocientífico lamenta que los países no hayan prestado a la salud mental la atención que merece (“debió haber sido tan importante en la respuesta como la salud física, pero hubo desigualdad”) y subraya la paradoja de que estemos “en la mejor época de la humanidad” y a la vez haya tanta gente consumiendo ansiolíticos y antidepresivos. “El impacto mental de la pandemia va a durar más que la pandemia”, advierte.

Fijemos el marco: ¿qué sabemos del cerebro?

Es difícil responder en términos de porcentaje. Lo que plantearía es que aprendimos bastante, sobre todo en las últimas décadas, sobre la neurociencia de la decisión, de la memoria, del lenguaje, de cómo percibimos, del cerebro social. Pero no tenemos una teoría general del cerebro. Sabemos algunas cosas, incluso algunas funciones asociadas con áreas que son importantes para esas funciones, pero no tenemos una teoría general sobre el cerebro.

¿Vamos a llegar a entender nuestro cerebro?

Es una tarea difícil, pero se está avanzando bastante bien. Pero nos falta la teoría general.

¿Pero estamos cerca?

En mi opinión, no. Pero estas teorías a veces suceden por una genialidad. Otra cosa de la que estamos bastante lejos es de entender que tenemos más neuronas y conexiones que estrellas hay en la galaxia y cómo generan este pensamiento íntimo, privado, personal e intransferible, hablando de estructuras y conexiones.

Por primera vez en la historia estamos ante una evolución del cerebro que va a ser cyborg, no biológica, por la interacción cerebro-máquina

¿Cómo cree que vamos a salir de esta pandemia? ¿Qué herramientas necesitamos a nivel cerebral?

Las pandemias siempre cambiaron las sociedades; esta nos va a cambiar, y acaba de empezar aunque en los países desarrollados ya se vea el fin. Pero es el fin de la pandemia, del virus. El impacto cultural, económico y psicológico dura mucho más que la pandemia viral. Y podemos salir mejores o peores. La peste negra, entre 1347 y 1353, mató a uno de cada tres habitantes. Y luego surge el renacimiento, algo positivo. El renacimiento fue un movimiento basado en mirar el interior. A través del aspecto cultural, pero mirando el interior. Si queremos que la salida de esta pandemia sea mejor es buscando el interior. A diferencia de 1347, hoy tenemos mucha información sobre cómo funciona nuestro interior, las emociones, las decisiones, el altruismo, la cooperación, la inteligencia colectiva, la resiliencia. La idea del libro es esta. Porque también podemos salir peores. Tras la peste bubónica hubo una matanza indiscriminada de catalanes, de clérigos, mendigos…

Respecto a la pregunta, algunos elementos que necesitamos: empatía, la capacidad de imaginar que el otro tiene creencias diferentes a las nuestras y que en ellas hay semillas de verdad; resiliencia, y ahí tengo una buena noticia: se ha estudiado que después de guerras, crisis, los seres humanos salimos más resilientes de lo que imaginamos; cooperación, o inteligencia colectiva, también será una palabra clave para lo que viene si queremos salir bien. Porque las pandemias también pueden generar miedo, autoritarismo, mezquindades… Por primera vez en la historia de la humanidad hemos vivido una pandemia de miedo. Por primera vez hemos estado sincronizados todo el planeta con la misma emoción, eso no pasó nunca. Hemos tenido una sincronización de miedo y ansiedad. Y el miedo puede producir parálisis, es un mecanismo de coerción social. Tenemos que evitar el miedo y buscar la empatía, la resiliencia, la cooperación.

Esto del miedo y la ansiedad, ¿es una consecuencia negativa de tener un exceso de información?

La información me parece de lo más lindo que tenemos hoy, accesible desde cualquier lugar. Lo que veo con preocupación es que las redes sociales amplifican el tribalismo y las fake news, que siempre existieron. Los seres humanos funcionamos con sesgos, esquemas mentales, con prejuicios que construimos en nuestra vida a medida que crecemos de acuerdo a nuestra genética, nuestra conexión con el entorno, la gente con la que interactuamos…

No siempre usamos la información para cosas buenas. Las redes sociales, ya que las menciona, basan buena parte de su funcionamiento en el conocimiento sobre cómo funciona el cerebro para generar ruido y polémica.

Por eso en el libro también planteamos que es necesario lo que llamamos neuroética. Los avances en el conocimiento del cerebro, que suele ser para curar a pacientes, también son utilizados con otros fines. Necesitamos que la sociedad conozca esto. Es un tema importante, como la igualdad de género, el cambio climático o el terrorismo. Y debe ser debatido, y que la gente entienda cómo se usa la mente y cómo se usa el conocimiento para manipular a los demás. Y las redes y muchas apps están basadas en estimular el tribalismo y nuestras conductas adictivas. El otro punto de la neuroética está en los puntos que parecen de ciencia ficción, que ya no lo son tanto. Hoy se puede registrar la actividad eléctrica que se produce cuando uno piensa un movimiento, por ejemplo. Esto ayudaría a pacientes con un trastorno neurológico, pero, ¿qué pasa si esa información la usamos para las guerras del futuro, para manipular la mente del otro o modificar la resiliencia de un soldado?

Habla de manipular a personas, ¿estamos cerca de manipular el cerebro de un tercero directamente?

No estamos cerca en el sentido de que haya algo que me preocupe, pero no lo veo imposible, con tecnología, en el futuro. De lo que sí estamos bastante más cerca, aunque aún lejos, es de ciertos experimentos. Cuando uno se levanta por la mañana y recuerda un sueño, ese sueño sucedió justo antes de despertarnos. Si uno va a dormir a un laboratorio de sueño y le ponen electrodos en el cerebro, el registro de la actividad eléctrica puede reconstruir imágenes de lo que esa persona soñó. Ya no vamos a estar preocupados solo por lo que clicamos en una computadora. En unas décadas vamos a estar preocupados por la privacidad de que accedan a nuestros pensamientos.

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Esto me recuerda un relato que publicamos en una de nuestras revistas monográficas, del escritor Isaac de la Rosa, que se titulaba ‘Pon a trabajar tus horas de sueño’ una historia distópica sobre el uso de los sueños con fines económicos, precisamente.

Otro experimento, para que veas por dónde vamos. Imagina una paciente con un trastorno neurológico que le impide mover los miembros. Pero su corteza, sus hemisferios cerebrales, están intactos. Puede pensar la secuencia de este movimiento [se inclina para coger una taza de café], pero no lo puede hacer. Si se le ponen electrodos en la corteza motora y la persona piensa ‘voy a coger esta taza de café’, los electrodos registran esa actividad eléctrica, lo decodifica y un brazo robótico actúa por la fuerza de los pensamientos. Esto se hace también con gente que no tiene lesión cerebral. Tienes una persona en el cuarto de al lado jugando a videojuegos. Os ponemos un aparato que estimula la corteza motora. El señor que está jugando tiene electrodos que registran su pensamiento y tiene que decidir cuándo tira una bomba. Ese pensamiento se registra, descodifica y viene por wifi para activarse en el aparato que tú tienes en el cerebro, y aprietas de manera automática el teclado para tirar la bomba que pensó él.

Hablamos casi de telepatía aquí.

A través de tecnología. Por primera vez en la historia estamos ante una evolución del cerebro que va a ser cyborg, por la interacción cerebro-máquina. Es la primera vez que el cerebro puede evolucionar de forma no biológica, estamos ante este desafío.

Hablando de evolución, también se habla de lo contrario. De que se nos está atrofiando la mente con los teléfonos inteligentes, etc. ¿Hay alguna evidencia de esto?

No. El miedo que tenemos ahora respecto a esto habrá pasado también cuando se inventó la imprenta. La gente pensaría que iba a perder la memoria porque todo estaba escrito. Pero sí veo que vamos a un mundo híbrido en todos los niveles, donde la tecnología es fantástica –ya es mejor para algunas funciones que hacíamos nosotros, como analizar grandes cantidades de datos o encontrar patrones–, pero nunca a va a reemplazar las habilidades que nos hacen humanos.

¿Que son…?

Nunca, por más que lo intenten los tecnológicos, van a poder reemplazar las habilidades que vamos a tener que invertir para el trabajo del futuro, para la educación, que son la compasión, las emociones –que influyen en la memoria, en las decisiones–, el altruismo, la creatividad humana, la empatía, la capacidad de detectar líderes, de manejar equipos, de decidir ahora teniendo en cuenta las implicaciones a futuro… Vamos a tener quizá menos necesidad de conocimiento enciclopédico, pero vamos a tener que invertir mucho en las habilidades que la tecnología no van a poder imitar nunca, que son muchas y nos definen como seres humanos. Ahí tenemos que invertir.

La salud mental debió haber sido tan importante en la respuesta a la pandemia como lo fue la física, pero hubo una desigualdad

Leí en algún sitio que cuando más avanzada está una sociedad más infelices son sus ciudadanos. ¿Hay alguna relación entre desarrollo y felicidad?

Hay datos de que el bienestar y la felicidad a nivel personal no se correlacionan con la inteligencia o con la educación. El bienestar personal se construye, esto es un concepto importante. ¿Qué nos da bienestar a los humanos? Primero los vínculos humanos profundos, el flow, que es un estado de concentración cuando hacemos algo que nos gusta el mundo desaparece y perdemos la noción del tiempo, el altruismo, que activa los circuitos cerebrales del placer, la gratitud, pertenecer a un propósito vital que nos exceda… A nivel de sociedades, en mi opinión, no pasa la felicidad tanto por el dinero como porque sean sociedades donde hay menos desigualdad, menos corrupción, donde haya sentido de comunidad. Pero a veces es difícil correlacionar los índices de felicidad de una nación con los índices de felicidad personal.

Eso suena un poco a una frase que decía el expresidente José María Aznar, “España va bien”, a la que la gente respondía, “pero los españoles no”.

Eso es otro tema, el factor humano. Vivimos en la mejor etapa de la humanidad. Nunca tuvimos la comodidad que tenemos hoy, la expectativa de vida de hoy, viajamos tan cómodos, nunca estuvimos tan conectados. Sin embargo, tenemos altos índices de enfermedades mentales, mucha gente tomando psicofármacos, antidepresivos. Esto es por el factor humano. Tenemos estos hábitos, que se instalan en el cerebro. Y pueden ser buenos o malos. Y a veces el factor humano nos permite ver con nuestros esquemas mentales y a veces nos parece que está todo mal.

Acabamos con la salud mental. En España con la pandemia se ha puesto el debate sobre la mesa tras haber ignorado esta cuestión desde siempre. ¿Puede suponer la pandemia un punto de inflexión en este aspecto?

La salud es una sola. La definición de la OMS es el estado completo de bienestar físico, mental y social. No se puede dividir la salud física de la mental. La salud mental debió haber sido tan importante en la respuesta de la pandemia como lo fue la física, pero hubo una desigualdad, incluso en los países desarrollados. Estuvimos concentrados en detectar los casos, aislarlos, en la vacunación, en tratar las neumonías –que me parece excelente–, pero no estuvimos centrados con el mismo nivel de intensidad, como deberíamos, en la salud mental. Todos tenemos una sensación de pérdida, en mucha gente hay niveles altos de ansiedad, estrés y angustia. Pero hay cinco grupos más vulnerables: los niños, porque los agarra modulando sus emociones, las mujeres porque aumentó el trabajo inequitativo doméstico y la violencia doméstica, los trabajadores del sistema de salud, los pobres y los mayores, porque ya había una epidemia de soledad antes de la pandemia que se agravó. Esto debe ser central ahora.



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