Wednesday, August 4

Gerardo Pisarello: “Para la extrema derecha, Felipe VI puede ser una buena cobertura para su proyecto político”


La crisis de la monarquía que llevó a la abdicación de Juan Carlos I en junio de 2014 no solo no se ha cerrado, sino que se ha profundizado con la publicación de los escándalos económicos en los que está supuestamente implicado el exjefe del Estado y que salpican al actual, Felipe VI, quien no logra desembarazarse del legado de su padre. Esta crisis, que no es la primera vez que afecta a los Borbones, puede desembocar en una salida progresista y republicana. Pero también en una reaccionaria.

Así lo expone Gerardo Pisarello (1970, Tucumán, Argentina) en Dejar de ser súbditos. El fin de la restauración borbónica (Akal). El secretario primero del Congreso recibe a elDiario.es en su despacho del Congreso, donde repasa someramente la complicada relación de los Borbones con el pueblo español (“cuando los abusos y los atropellos resultan insoportables, acaban en el exilio”), las diferentes restauraciones de la dinastía, así como la situación actual, en la que la ultraderecha podría recurrir al rey para justificar su programa. O viceversa: “No se puede descartar la hipótesis de una regresión autoritaria si la monarquía se ve amenazada”.

Pisarello, doctor en Derecho y profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona, lamenta que la monarquía parlamentaria que propugna la Constitución se escape precisamente del control del Congreso, algo de lo que responsabiliza al PSOE: “Si cambiara de actitud sobre la monarquía, las posibilidades de un camino republicano serían mucho más claras”. Además, analiza los últimos cambios en el Gobierno y los cambios internos en Unidas Podemos tras la salida de Pablo Iglesias.

No es el primero que dice que la monarquía en España puede tener los días contados. ¿Por qué esta vez tendría que ser la definitiva?

No es necesariamente la definitiva, pero estamos asistiendo a una crisis de la monarquía, que la monarquía no puede cerrar. Es una forma de gobierno que está muy desprestigiada en el mundo, donde quedan 40 monarquías. Que alguien sea jefe de Estado por ser simplemente el hijo de alguien es algo que no casa con el principio democrático y con una idea mínimamente moderna de lo que debe ser la política.

Y en el caso de la monarquía borbónica, el tipo de escándalos que han salido a lo largo de estos meses sobre Juan Carlos I comportan la debacle absoluta del juancarlismo, sin ningún tipo de dudas, mientras los sectores monárquicos y la propia Casa Real tienen muchas dificultades para legitimar de la figura de Felipe VI. A veces tengo la impresión de que hay sectores conservadores que dan por amortizado a Felipe VI y que buscan ya legitimar a Leonor como posible reina. Todo eso me parece que es un signo de debilidad.

Tampoco es la primera vez que la dinastía se sobrepone a situaciones de dificultad. Desde Felipe V han perdido el trono o la legitimidad del pueblo varias veces. Y ha conseguido sobreponerse. ¿Qué diferencia hay esta vez? 

En el prólogo del libro Javier Pérez Royo habla de una “restauración permanente”. Los Borbones siempre vuelven y ya estaríamos en la cuarta restauración. Pero se puede ver desde otro punto de vista, que tiene que restaurarse la dinastía borbónica porque los Borbones caen. Cuando los abusos y los atropellos resultan insoportables, los Borbones acaban en el exilio. Así pasó con Cristina de Borbón, con Isabel II, con Alfonso XIII, el abuelo del rey emérito, también acabó exiliado. Y en un cierto sentido, Juan Carlos I está en un exilio forzoso. De lujo, en una monarquía absolutista, pero un exilio forzado. 

En el libro intento seguir la idea de Benito Pérez Galdós. Puede pasar que durante siglos no se destrone y en España, un día, se destrona. Y el pueblo que durante siglos se acostó con reyes, un día se despierta en la cama del pueblo. Yo no digo que sea inminente, pero en un contexto de pandemia con una crisis muy importante, donde se ve a la monarquía vinculada a casos de evasión fiscal, de blanqueo de capitales, en un momento donde hay muchas dificultades económicas, hace que para una parte importante de la ciudadanía la monarquía sea parte del problema.

Señala que hay cuatro escenarios posibles de salida de esta crisis del sistema. Uno de ellos pasa, como ya ocurrió también en el siglo pasado, por un giro reaccionario. Y en vez de transitar hacia una república que pudiera dotar de mayores mecanismos democráticos a la sociedad, se fuera hacia todo lo contrario. ¿Ese riesgo es real en la España del siglo XXI?

Uno querría pensar que Europa es un antídoto, pero vemos lo que pasa en Polonia, en Hungría, o en España, con la normalización de una extrema derecha que tiene aliados golpistas en el mundo, en América Latina; una extrema derecha abiertamente trumpista

Que esa extrema derecha, junto con la derecha extrema, puedan estar en el Gobierno no es una hipótesis fantasiosa. Y para esa extrema derecha la monarquía es una pieza importante. Por eso los intentos de apropiarse de la figura de Felipe VI, porque creen que puede ser una buena cobertura para su proyecto político.

Y Felipe VI no hace demasiado por despegarse de esos sectores, de los sectores más reaccionarios del Poder Judicial o cuando se manifiestan exmilitares. No hay reacción por parte por parte de la Casa Real. Y Felipe VI comparte el pecado de su padre, que es no haber condenado nunca la dictadura franquista. Cómo puede ser rey de una monarquía parlamentaria alguien que nunca critica a una de las dictaduras más sangrientas que existió en Europa, como la franquista.

La hipótesis de una regresión autoritaria si la monarquía se ve amenazada no se puede descartar. Alfonso XIII se asustó cuando diputados socialistas como Indalecio Prieto pedían que hubiera una comisión de investigación por sus casos de corrupción con Marruecos. Y recurrió a Primo de Rivera. Está por verse si Felipe VI, por su propias inclinaciones ideológicas, se vería o no tentado a dar cobertura a una opción de derecha extrema.

Esa poción reaccionaria aparece como viable por la presencia de la ultraderecha en el Congreso. Pero cuando abdicó Juan Carlos I había un sentimiento casi opuesto. Había un sentimiento antimonárquico y además un empuje progresista. Sin embargo, su espacio político decidió no entrar en ese debate. ¿Se perdió una oportunidad de haber recogido ese sentimiento antimonárquico y haberlo convertido en una ola republicana?

En el ámbito municipal se dio de manera muy espontánea. Si uno se fija en las políticas que se llevaron adelante en Barcelona, Cádiz, Valencia, A Coruña o Pamplona, hubo un florecimiento de iniciativas republicanas y de iniciativas incluso anti borbónicas desde el punto de vista simbólico y memorial. Pero en el ámbito estatal sí hubo conciencia de que para que el republicanismo pudiera crecer tenía que ser del siglo XXI, que no simplemente podía apelar a la memoria sesgada de la I o la II República. Había que construir un republicanismo de mayorías, no solo el de las izquierdas clásicas. 

Y ahora el hecho inédito de que la propia Casa Real reconozca que Juan Carlos I estaría involucrado en delitos graves de evasión fiscal y de blanqueo de capitales, abre una nueva oportunidad en un contexto muy diferente, donde la extrema derecha ha crecido, donde hay un giro reaccionario en muchos sitios del mundo. Y por eso yo veo las dos oportunidades. Una situación de degradación autoritaria, pero también podría profundizarse la crítica a la monarquía, cada vez más cuestionada por sectores de la juventud, por las mujeres y sobre todo en determinados lugares del Estado.

Catalunya, en concreto, ha tenido siempre una relación muy compleja con los Borbones, desde Felipe V, que eliminó determinadas leyes propias, hasta hoy. No hay grises, amor o rechazo absoluto. Esto se ha acentuado con el procés, el discurso del 3 de octubre de 2017 es un momento muy concreto. ¿Tiene marcha atrás el aumento del rechazo a la monarquía borbónica en Catalunya?

Lo veo muy difícil. El 3 de octubre de 2017 Felipe VI actúa de manera bastante parecida a Felipe V. Se erige como el rey soldado, y en lugar de actuar como como árbitro actúa como un rey de parte. Pero el tema de fondo es que la dinastía borbónica no es capaz de ofrecer una solución a los grandes dilemas que se plantean en España. No puede ofrecer una alternativa a la cuestión de la corrupción. O a la cuestión social. Nadie ve que la monarquía vaya a servir para reforzar la sanidad pública, para reforzar la vivienda pública, etcétera. Y tampoco ofrece una solución a la cuestión territorial. Se ha mostrado como incapaz de favorecer el reconocimiento de la realidad plurinacional.

Con monarquía se podrían producir algunos avances o revertir medidas perjudiciales para la convivencia que se adoptaron en los últimos tiempo. Por ejemplo los indultos, que son un paso en ese sentido. Pero tengo muchas dudas de que la cuestión de fondo de la articulación plurinacional pueda resolverse mientras haya monarquía.

Establece en el libro una dicotomía entre monarquía y democracia. Más allá de España, ¿las monarquías que existen en Europa no democracias? 

Hay una tensión muy clara entre entre el principio democrático y las monarquías hereditarias. Porque hubo monarquías selectivas, reyes que fueron elegidos en un referéndum. El problema es que alguien pretenda ser jefe de Estado por ser hijo de alguien. 

Eso no quiere decir que haya monarquías que sean más genuinamente parlamentarias que otras, que están sometidas a controles parlamentarios y constitucionales, como la monarquía sueca o la noruega, como consecuencia de revoluciones políticas que hubo en eso en esos países. 

¿Qué hemos descubierto nosotros? Que mientras los Borbones reinaron nunca hubo una monarquía parlamentaria. Ni siquiera ahora que tenemos una Constitución que dice que la forma política del Estado es una monarquía parlamentaria. ¿Por qué? Porque la dinastía borbónica ha demostrado ser muy maleducada en términos constitucionales, muy reacia a que se le impongan límites básicos, a actuar con transparencia, a renunciar a determinados privilegios, como ocurre en otras monarquías parlamentarias. Y yo creo que ese es el problema de fondo que tenemos. Nosotros, siendo una fuerza republicana, nos dimos cuenta en el Congreso de que el funcionamiento de la monarquía con Juan Carlos I, e incluso ahora, no responde a lo que debería ser una monarquía parlamentaria.

Recordaba antes que Indalecio Prieto en su momento reclamó una investigación parlamentaria de las corruptelas, los negocios privados, de Alfonso XIII. El PSOE de hoy rechaza esa esa posibilidad y sin el PSOE, siempre se estrellan en un muro el resto de grupos que exigen esa investigación parlamentaria. ¿Qué tiene que pasar para que el PSOE cambie de su posición? Porque si cambiara su posición, cambiaría completamente el escenario.

Si el PSOE cambiara de actitud respecto de la cuestión monárquica las posibilidades de un camino republicano serían mucho más claras. Mi impresión es que hay una parte del PSOE que piensa que no cuestionar a la monarquía puede servir de escudo para frenar los movimientos destituyente de la derecha. Lo que ocurre es que el precio es muy alto. Si para que la monarquía permita que haya gobiernos que no sean claramente de derechas lo que hay que hacer es consentir la impunidad, consentir la opacidad, se acaban degradando las propias posiciones.

Y es algo que entre sus bases no es fácilmente comprensible. Ahí hay un problema que el PSOE tiene que resolver, y yo estoy convencido de que si continúan saliendo casos de corrupción como están saliendo ahora, que ya no solamente afectan a Juan Carlos I, sino que incluso podrían proyectarse sobre el rey actual, va a ser muy difícil que el PSOE pueda pueda oponerse al menos a que se investigue.

En marzo de 2020, un día después de que el Gobierno decretara el estado de alarma, la Casa del Rey lanzó un comunicado en el que asumía que había cuestiones cuando menos no del todo regulares en las finanzas de Juan Carlos I, y que el actual jefe del Estado formaba parte de la estructura societaria de esas supuestas irregularidades del rey emérito. Usted sostiene Felipe VI establece un parteaguas, intenta separarse de su padre. ¿Puede escaparse el jefe del Estado actual de lo que supuestamente hizo su padre?

Es muy difícil porque es un movimiento enormemente opaco. Se aprovecha una pandemia en la que la ciudadanía estaba confinada para activar esa especie de bomba. La propia Casa Real confiesa lo que no ha confesado ninguna casa real europea, que el rey emérito podría estar implicado en el caso grave de corrupción y que el propio rey, su hijo, conocía desde hace un año, al menos, la existencia de estas fundaciones y de estas cuentas que no habían sido o que no habían sido declaradas.

Hoy sabemos, por ejemplo, que una de las transferencias de los 100 millones de dólares que se hicieron por parte de Arabia Saudí a unas cuentas que estarían vinculadas al rey emérito se produjeron en 2008. En 2008, Felipe VI no era un niño pequeño correteando por los pasillos de la Zarzuela. Era una persona formada, que sabía que iba a ser rey. Vuelve a plantearse lo que se planteó en relación con la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, cuando ella firma y luego dice que no sabía. Hoy se está intentando reproducir esa operación para establecer un parteaguas entre Juan Carlos y Felipe. 

¿Era ajeno a lo que venía ocurriendo? Las dificultades de la Casa Real para responder afirmativamente hace que aparezca con tanta insistencia Leonor como una figura cuya irrupción en la vida política habría que acelerar. Es prueba de que no se puede cerrar en falso ese vínculo entre Felipe VI y su padre.

¿Cree entonces que Leonor podría ser reina antes de lo que biológicamente pudiera pudiéramos esperar?

Cuando se aceleró la decadencia del régimen de Cristina de Borbón como reina regente, se intentó hacer eso con Isabel II. Pero no funcionó. Los sectores digamos monárquicos están desconcertados. Después de muchos años de autocensura en los medios, después de muchos años de presiones para que no se hablara sobre sobre Juan Carlos I, sobre su fortuna, sobre sus actuaciones privadas que no tenían que ver con sus funciones constitucionales, de pronto la investigación en Suiza y las publicaciones del Daily Telegraph hace que se levante esa veda y que haya una mayor crítica pública.

Pero el objetivo de eso es mantener a salvo a Felipe VI. Su imagen pública es mejor que la de su padre, pero no es fácil que eso se pueda cerrar. Es muy difícil pensar que no existían esos vínculos, que no existía ese conocimiento. Uno de los grandes problemas es ese. No es que estemos discutiendo de monarquía ahora porque a las personas republicanas se nos haya ocurrido. Es la propia monarquía la que genera este debate con sus actuaciones. Puede pasar lo que pasó en en otros momentos en la historia de España, que la propia dinastía borbónica propicie la erosión y la crítica de la institución monárquica.

Hablaba de la investigación en Suiza, que es la que está ahora mismo más avanzada. ¿Cree que Juan Carlos de Borbón puede acabar juzgado en Suiza, por ejemplo, o incluso en España?

En Suiza es donde tengo más esperanza de que pueda ocurrir algo. Que el fiscal [Yves] Bertossa, que es muy valiente, no se detenga en la línea de investigación que tiene abierta.

En el caso de España soy mucho más escéptico. En el Parlamento no hay voluntad de hacer lo que sería normal en una monarquía parlamentaria, que el rey emérito se siente en una comisión a explicar lo que sabe, a que nos aclare todas las noticias que están apareciendo sobre él. Pero es que tampoco veo esa voluntad clara en el ámbito judicial. Por eso creo que el aforamiento en el Tribunal Supremo de Juan Carlos I era tan importante y se hizo con tanta prisa, porque es muy probable que en el Supremo no haya tampoco la voluntad para juzgar al rey emérito. Y tampoco he visto siquiera esa voluntad en algunas de las actuaciones de Hacienda, donde hubo técnicos que dijeron que cuando se sospecha que una persona puede haber cometido evasión fiscal por encima de unas cantidades tiene que haber una actuación proactiva por parte de Hacienda. Eso tampoco ocurrió. 

Hay sectores para los cuales el mejor de los escenarios sería que Juan Carlos I acabe sus días en el exilio, y que de esa manera se cierre esa carpeta y se pueda comenzar una etapa nueva. Ni siquiera la monarquía tiene asegurado ese final, pero es verdad que cuenta con aliados económicos, judiciales y mediáticos muy fuertes.

Algunas preguntas sobre el momento político justo cuando llega el final del curso político. ¿Cómo han recibido en En Comú Podem la crisis de Gobierno?

Hay algo de reacción del PSOE frente a los cambios que se estaban produciendo en el propio espacio confederal. El hecho de que se produzca una reorganización que apunta a un liderazgo de mujeres, con el papel de Yolanda Díaz, de Ada Colau o de Ione Belarra, una propuesta con un contenido feminista muy claro, también hace que el propio PSOE tenga que mover ficha.

¿Es una reacción entonces?

Creo que hay algo de eso. El PSOE reacciona con inteligencia, reforzando el papel de las mujeres dentro del Gobierno, mujeres con experiencia municipal. Yo espero que en algunos ámbitos concretos sirva también para avanzar en algunos temas que son fundamentales y que todavía tenemos bloqueados.

¿Los cambios permitirán avanzar en el cumplimiento de algunas partes del acuerdo de gobierno que están bloqueadas? La ley de vivienda es un ejemplo, que además en Catalunya tiene una importancia mayor. ¿Está más cerca de lo que estaba con Ábalos al frente de Transportes?

No lo sabemos todavía. Es una incógnita, sin que eso suponga un juicio sobre ministros anteriores, por el que además tengo un respeto personal. Tener en un ministerio encargado de los temas de vivienda una alcaldesa que en su propio ayuntamiento tuvo que exigir que se pusiera coto a los incrementos de los precios del alquiler da indicios de que va a haber una cierta sensibilidad para tratar esta cuestión y una actitud más clara de lo que significa convertir la vivienda en un lujo accesible solamente para unas pocas personas o en un bien sometido a la especulación.

En el ámbito de justicia, donde estamos viendo que la derecha más dura se está atrincheran en determinados sectores del Poder Judicial e incluso dentro del propio Tribunal Constitucional, que haya una ministra como Pilar Llop puede permitir o esperamos que permita que algunos temas que tenemos encallados sobre la reforma del CGPJ, del delito de sedición para contribuir a una cierta normalización de la situación en Catalunya; la ley mordaza, etcétera, también pueden experimentar un avance. Y como portavoz en la Comisión de Asuntos Exteriores creo que el nuevo ministro, con experiencia diplomática, también puede ser interesante a la hora de pensar en una nueva fase de la geopolítica mundial donde ya no existe la tutela directa de Trump y sobre cómo España puede llevar adelante una política exterior que realmente sea autónoma.

Sólo ha habido cambios en el sector del PSOE. ¿Podría haber aprovechado Unidas Podemos para afrontar algún relevo?

Veníamos de un cambio muy reciente con Yolanda Díaz como la ministra más valorada según las encuestas y con un papel muy importante en lo que fue uno de los temas claves de la pandemia, que era cómo proteger a la población trabajadora en un momento en que la actividad económica estaba suspendida. El caso español debe mucho al papel de Yolanda Díaz y su equipo, y su papel actual dentro del Gobierno ya es una novedad. O el hecho de que Ione Belarra, que ya venía teniendo un papel importante en la negociación de la Ley de Vivienda para conseguir que esté a la altura de los retos del siglo XX, pase a ser también ministra, ya implica un cambio importante.

Igual las demás ministras y ministros de Unidad Podemos. No tendríamos ley trans si no fuera por la persistencia y el empeño de Irene Montero. Con Manuel Castells experimentó un crecimiento exponencial del número de becas no universitarias para personas en dificultades sociales y se consiguió que bajaran las tasas en la Universidad. Alberto Garzón ha protagonizado un debate importante sobre el nuevo tipo de consumo sostenible que debería tener un país que se plantee de manera seria la transición ecológica y la transición energética. El espacio confederal, sin perjuicio de los cambios que siempre pueden producirse, está liderando algunos de los grandes proyectos para salir de esta crisis con un programa que realmente sea transformador y que no nos devuelva a una nueva vieja normalidad.

El gran debate que hay dentro de Unidas Podemos desde la salida de Pablo Iglesias, que además se ha demostrado que ha sido una salida real, es dibujar o determinar hacia dónde debe ir Unidas Podemos. ¿Cuál cree que debe ser de aquí a 2023, cuando afrontaremos un montón de procesos electorales en un espacio muy corto de tiempo?

Cuando uno no tiene detrás a los grandes poderes económicos, a los grandes medios de comunicación, lo único que tienes la organización. Ahora se abre un reto organizativo enorme que tiene que consistir en poder dar cobijo a la gente que ya formaba parte de ese espacio del cambio, pero también en abrirse a otros sectores de la sociedad. Y para que eso sea posible hay que hacer una cosa que nos planteábamos al comienzo, que no es simplemente crear partidos. 

Hay que crear instrumentos políticos que tengan liderazgos plurales, que tengan diversidad. Que ni siquiera sean partidos, que sean como semipartidos, instrumentos que faciliten la autoorganización democrática de la gente. El poeta y pensador ecologista Jorge Riechmann decía que esa especie de semipartido de nuevo tipo tenía que parecerse a un arrecife de coral, que fuera capaz de cobijar mucha diversidad y mucha vida debajo de sí. Eso tenemos que poder ser capaces de hacerlo como parte de lo que ya es nuestro espacio confederal, pero con relaciones muy abiertas con el resto de fuerzas progresistas y plurinacionales que hoy son las que están manteniendo las principales políticas transformadoras que están impulsando este Gobierno.

Pero una cosa es una relación política y otra una orgánica. Habrá fuerzas con las que se pueda tener una relación política muy fluida. Pero eso es, digamos, un apoyo político. A nivel orgánico, ¿hay posibilidad de dar cobijo a más gente, a más proyectos?

El 2023 va a tener un cariz muy municipalista. Hay experiencias territoriales muy distintas, y nosotros lo hemos experimentado, que han dado combinación a fórmulas muy diferentes. Hay que tener un instrumento organizativo que sea lo suficiente abierto como para, de manera política o de manera orgánica, poder tener contacto y poder tener una relación cercana con todas esas fuerzas políticas que comparten programas similares. 

Lo que no tiene sentido es que ahora simplemente nos planteamos una especie de repliegue identitario que no tuviera la audacia que tuvimos en 2014 y en 2015, y de intentar reconectar con mucha gente, incluso con generaciones jóvenes que están esperando que demos una salida a la altura de los retos que tenemos. 

La extrema derecha que tenemos encima no es la que existía cuando aparecieron Podemos, los comunes, etcétera. Hoy tenemos que dar otra respuesta, y creo que tiene que parecerse más al arrecife de coral del que el que hablaba, del que hablaba Riechmann, que sepa cobijar muchas cosas y que esté pensado para reconectar con la sociedad. El hecho de que ahora tengamos mujeres con clara capacidad de liderazgo y de empatía me parece que es un elemento fundamental para conseguir eso. 

Pero el objetivo principal no debe ser cuántos escaños consigues, sino en qué medida contribuyes a que la gente común pueda auto organizarse para poder cambiar las cosas en los centros de trabajo, en sus escuelas o en sus barrios. Porque la clave de la profundización democrática y de la batalla contra la extrema derecha está ahí.

Entrevista completa:


VídeoNando Ochando.



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