Wednesday, August 17

Gracias por ayudarme a volver al hospital


Covid-19. Cròniques d’una pandèmia (Vegueta Ediciones) quiere ser un homenaje al personal sanitario que estuvo en la primera línea, asumiendo costes personales, desde enfermar a tener que dejar a sus familias durante semanas. Son profesionales que antepusieron su vocación para intentar salvar todas las vidas que fuese posible. En este libro aparecen limpiadoras (en femenino porque la mayoría son mujeres), celadores, personal de enfermería o médicos y médicas del Hospital Clínic de Barcelona.

Los autores son diversos periodistas, entre ellos la directora adjunta de elDiario.es, Neus Tomàs. El resto son Màrius Carol, Antoni Bassas, Víctor-M. Amela, Ana Macpherson, Emilio Pérez de Rozas, Jessica Mouzo, Roger Escapa, Llucia Ramis, Marta Arrufat, Mònica Bertran i Josep Maria Martí.

elDiario.es avanza a continuación un fragmento del capítulo que ha escrito Neus Tomàs y que está dedicado al cansancio de los sanitarios.

“Hacía seis años que no había vuelto al Hospital Clínic. Es el hospital del barrio, las batas blancas que los vecinos vemos entrar y salir del edificio, el hospital de la ciudad, porque a diferencia de otros, forma parte de la vida de Barcelona. Pasamos por delante cuando vamos al mercado o nos escapamos a buscar a los niños al colegio. Sabemos que es un centro de referencia y no porque lo digamos nosotros sino porque aparece siempre en los titulares de muchos ránquings: es el 38º mejor del mundo y el primero de España según un listado elaborado el año pasado por la revista Newsweek. Es todo eso y es también la sala de quimioterapia donde una enfermera se quitó el guante para darle la mano a mi madre, son los pasillos y escaleras en modo de colmena que te acabas aprendiendo de memoria, es esa capilla en la que no has entrado porque prefieres estar en sus manos que en las de Dios. Es esa área de neumología que le regaló a tu padre un tiempo de vida que le habían negado en otro hospital. 

Todo el mundo debería pasearse alguna vez por neumología y ver alguna placa para darse cuenta de que no es mentira, que fumar mata. Es una de las plantas que habría podido ser el plató de una serie sobre la pandemia si no fuese porque el virus tampoco es mentira y puede matar mucho más rápido. El jefe de sección de curas respiratorias hospitalarias, Oriol Sibila, está acostumbrado a correr maratones. Cabeza fría, ritmo correcto y resistencia física. Eso es lo que recomiendan los que saben para aguantar una carrera. Pero con eso no basta en un hospital. Necesitas un equipo, desde las enfermeras a los residentes o a los colegas de especialidad, porque sin el resto no es que sea imposible llegar a meta, es que no podrás ni tomar la salida. Lo saben todos y lo demostraron cuando se rebautizó la unidad para pasar a ser territorio COVID-19.

Inolvidables. Así resume el doctor Sibila los primeros días de la pandemia, cuando aún no sabíamos que lo sería aunque intuíamos que la que se nos venía encima acabaría en los libros de historia. Fuera teníamos miedo mientras ellos veían llegar a los pacientes a riadas. Esas riadas éramos nosotros, el abuelo del compañero que hacía solo una semana que se había ido a vivir a una residencia, el amigo que había regresado de una feria en Milán, ese vecino al que un día se llevaron en camilla unos uniformes tapados de cabeza a pies y ya nunca volvió a casa. Ellos eran los neumólogos, el personal de enfermería, el de limpieza, cuyos días eran más largos que los nuestros. A nosotros nos sobraba tiempo porque las horas en casa son distintas, a ellos les faltaba porque se pasaban el día en el hospital y además muchos cuando regresaban se aislaban por miedo a contagiar a los suyos.

Las riadas de pacientes eran el abuelo del compañero que hacía solo una semana que se había ido a vivir a una residencia, el amigo que había regresado de Milán, ese vecino al que un día se llevaron unos uniformes tapados de cabeza a pies y ya no regresó

Explican que les salió la vocación que llevan dentro. Una explosión de valores. El primero, el altruismo, resume Sibila. Al escucharle una casi se siente mal por haberse quejado de que nos prohibieran movernos por la ciudad. Los que los tienen dejaron hijos en casa durante más horas de las que cualquier manual de crianza recomendaría mientras fuera la mayoría pasábamos más ratos juntos de los que jamás hubiéramos soñado. En el hospital tiraron de vocación y resistencia y a medida que acumularon semanas necesitaron la resiliencia. Cada vez cuesta más encontrar nuevas fuerzas. Los bares llenos sustituyeron a esos aplausos que los sanitarios nunca pidieron y que vistos ahora son lo que muchos ya intuyeron en ese momento: un ejercicio de terapia colectiva más pensada para nosotros que para ellos. 

Sonia Peña es una de esas enfermeras que no busca ni pide aplausos. De pequeña ya sabía que se dedicaría a esto. No le importa trabajar bajo presión, es adrenalina. Claro que si le importase seguramente no estaría en el servicio de Urgencias, donde empezó a hacer suplencias incluso antes de acabar la carrera. Recogió el título cuando su primer hijo tenía año y medio. Antes ya se había formado en el ámbito sanitario, sobre todo en psiquiatría. El primer día en Urgencias es ese en el que no sabes nada por más que hayas aprendido en las aulas. Era nueva. Le tocó llevar a nueve pacientes, nueve medicaciones distintas, nueve vidas en sus manos y la inseguridad de llegar a casa y preguntarse si lo había hecho todo bien. Dos décadas después sigue en Urgencias, esa área donde no hay que explicar a nadie qué significa la presión asistencial y en el que tienen que saber de todo porque se examinan de muchas asignaturas en cada turno.

El sábado 14 de marzo de 2020 era el cumpleaños de uno de sus hijos. Pensaban almorzar fuera para celebrarlo pero el día antes se decretó el cierre de bares y restaurantes. Improvisaron una comida en casa y cuando el lunes llegó al trabajo ya empezó a sospechar que la cosa se complicaría mucho. Comenzaron a restringir el acceso de los familiares a los pacientes. Su zona fue la primera que cerró el paso a las visitas. Llenaron el espacio de carteles para que no pasase nadie y se acabó poniendo personal de seguridad para asegurarse. Se intentaba así evitar que los familiares se contagiasen pero, ¿y los sanitarios? Sonia tenía miedo, no por ella sino por lo que pudiese llevar a su casa. Para evitar riesgos, los niños se quedaron un par de semanas con su padre. 

Tras ocho horas en Urgencias, encerrados literalmente, con trajes EPI y enfermos que únicamente los tenían a ellos, era imposible no salir agotada. Un cansancio que se iba acumulando y que más de un día le llevaba a preguntarse si habría pillado el virus. Un cansancio físico pero no solo físico. Ver la sala de espera, llena de pacientes, de diferentes edades, todos solos, también hacía mella. En el recuerdo queda aquel anciano que negaba tener COVID-19 pese a estar ya enfermo y que le prometió venir a verla cuando se curase. Miedo a contagiarse y miedo a recibir la llamada del familiar explicando que tenía el virus o la confirmación del compañero que pese a las prevenciones había enfermado. Todo eso se vivía allí dentro.  

Los sanitarios han aprendido a convivir y a menudo a malvivir con el agotamiento provocado por tantos meses de pandemia. Muchos prefieren sustituir la palabra cansancio por hartazgo.    

Ester Arimon es también enfermera y autora de la tesis ‘Vulnerabilidad emocional en los equipos de enfermería ante la exposición al trauma: el impacto de cuidar’. 177 páginas en las que los neófitos descubrimos qué significa la fatiga por compasión. Le pido que me explique con más detalle qué es y me cuenta que se trata de una afectación derivada de estar permanentemente en contacto con la muerte y sufrimiento de pacientes y familias. “Nadie nos enseña a saber cómo respetar el silencio o decir una palabra, o qué palabra deberíamos decir. Se nos presupone todo dentro del concepto difundido de la vocación, de la buena voluntad, de querer ser. No podemos depender de la inercia, o de la buena voluntad. Alguien debería explicarle a cada enfermera que se va a casa haciéndose mil preguntas que sí, que lo está haciendo bien”.

Está claro que a veces con fuerza y voluntad no es suficiente y porque para los sanitarios la compasión, ese sentimiento parecido a la empatía, implica algo tan difícil como reducir todo lo que se pueda el sufrimiento de otra persona. Curar o intentarlo sin compasión es imposible para la mayoría de profesionales y si no la tienen seguramente no merecen este nombre. Incluso consta en sus códigos deontológicos.

En el magnífico trabajo académico de Ester aparece un párrafo que resume las sensaciones que el personal de enfermería nos ahorran a los pacientes y familiares mientras intentan aliviarnos. Sentimientos y emociones como la angustia, el miedo, la culpa, la depresión, el enfado, la tristeza o la ira acompañan a menudo el proceso de enfermedad, y es aquí donde la empatía, centro fundamental de la relación enfermera-paciente, se convierte para el profesional en un arma de doble filo, escribe. Y añade: “La gestión del estado emocional del paciente y del suyo propio, contagiado por la proximidad, es fundamental para el cuidado pero al mismo tiempo la hace vulnerable. Bajo el paraguas de la vocación se necesitan instrumentos para que los profesionales puedan también protegerse. Saber situar la distancia óptima que les permita ser más eficientes”. Es lo que ella resume como aprender a gestionar y eso no lo enseñan en la facultad. 

La pandemia ha puesto a prueba esa vulnerabilidad hasta límites poco humanos. La COVID-19, me resume Ester, ha establecido nuevos parámetros, ha roto límites y paradigmas. Ver personas en el final de su vida es duro y esto no se puede cambiar, pero sin embargo, todos tendremos un fin. Ver sufrir y morir gente joven es exactamente otra cosa. Gestionar a su familia también. Los finales dramáticos impactan, pero nunca como durante la pandemia el proceso de fin de muerte se había vivido así. Durante aquellos días, en los que no sabíamos nada de lo que ocurría ni lo que podíamos esperar, dejábamos nuestros móviles a los pacientes para decir a los de casa “me duermen y no sé si me despertaré”. Son historias que los que no estábamos allí nunca podremos terminar de entender.

Durante aquellos días, en los que no sabíamos nada de lo que ocurría ni lo que podíamos esperar, dejábamos nuestros móviles a los pacientes para decir a los de casa ‘me duermen y no sé si me despertar锑

Ester Arimon
Enfermera

Las enfermeras son las que están siempre en primera línea y durante estos meses su trabajo ha sido extraordinario, explica el doctor Sibila mientras recorremos uno de los pasillos del Clínic. Ha sido extraordinario pero siguen siendo las grandes olvidadas. Sí, en femenino porque la gran mayoría son mujeres. Y si además trabajan en el turno de noche se convierten ya en invisibles para los que estamos fuera. 

Su turno empieza a las diez de la noche pero muchas llegan antes para saber qué les espera. Xavier Noguer es el jefe de enfermería y va distribuyendo al personal por los distintos servicios. De él dependen 150 personas. Cuando entran en su despacho a menudo les hace una pregunta: “¿Cómo estás?”. No es un formulismo. Sabe que llevan muchos meses acumulando tensión y que nadie sabe concretarles cuándo se acabará una situación excepcional que se ha convertido en su normalidad. Noguer intenta que se cumpla el ratio establecido por paciente pero no siempre es posible. Su teléfono no para de sonar mientras asume las quejas por la falta de manos con la dosis de paciencia que un cargo como el suyo requiere. “A veces cuesta decir que no”, reconoce.

Cuando una entra en la UCI respiratoria se da cuenta de lo poco que importan tantas cosas y de lo mucho que importan otras. Intuyes a los pacientes tras una pequeña ventana opaca y los ves mejor en la pantalla situada al lado de otra en la que aparecen sus constantes vitales. Todos son pacientes con COVID-19 y su situación es crítica. Todavía está ahí el espejo en el que las enfermeras comprueban que llevan el traje EPI bien puesto. Cuando empezó la pandemia se revisaban unas a otras para asegurarse que se había protegido todo lo que podían. Belén Nicolás recuerda como en la primera ola empezaban el turno con pacientes que llegaban con síntomas de ahogo pero hablando con claridad y al final de su jornada, ocho horas después, estaban ya boca abajo para morirse. Otra enfermera, Isabel Fernández, explica cómo muchas compañeras salían llorando de los boxes. “No había respiradores, faltaban camas para críticos y la mayoría de los que entraban fallecían. Hay un momento en que asumes que algún día serás tú la que mueras por esto”, confiesa Belén a su lado. 

Lamentan que fuera, nosotros, no seamos conscientes de lo que pasa en los hospitales. Ahora todos los pacientes que están boca abajo son personas no vacunadas. Les tratan igual que al resto, pero es imposible no verlos distintos. Cuando en una conversación con amigos alguien defiende su derecho a no vacunarse, Isabel Fernández, que es una de las enfermeras que trata a intubados y a pacientes prono (como llaman aquí a los colocados boca abajo) ella les zanja sin ambages: “Si quieres no hablemos de vacunas. Hablemos de la muerte. Sin dramatismos, pero de la muerte”.

En esta unidad se han ido encadenando las bajas. No aguantan. Laura Merino reconoce que se ha preguntado más de una vez si vale la pena seguir. Les gusta su trabajo pero es tal la tensión y el agotamiento que muchas se cuestionan si no sería mejor dejarlo. No lo han hecho, siguen y lo único que le sale a una escuchándolas es darles las gracias“.



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