Friday, May 20

La política rastrera

Se ha ido a Bruselas, a una reunión de su familia política -el PPE- previa a la Cumbre europea del fin de semana. A protestar por los indultos a los políticos catalanes encarcelados que legítimamente ha acordado el Gobierno español. Pablo Casado los considera un ataque al Estado de derecho, pese a que la Asamblea del Consejo de Europa ha pedido esta semana la excarcelación de los condenados por el 1-O, reformar el delito de sedición y retirar las euroórdenes que afectan a los perseguidos que se fueron de España. El presidente del PP lo sabe pero prefiere el ataque irracional sin pararse en el daño que produzca: ha llegado a decir en Bruselas que “se pone en duda internacionalmente la calidad del Estado de Derecho en España” tras la concesión de los indultos. Es mentira.

Pablo Casado “informó” a sus socios europeos, dijo, “de que ha solicitado la dimisión de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones en España”. No sabemos qué le contestaron ante semejante anuncio.

Si se atiende al resto de su misión se comprende mejor su actitud. También quiere sembrar dudas sobre cómo aplica el gobierno los Fondos Europeos de recuperación. Resalta que Sánchez se ha negado a crear una Agencia Independiente al efecto. Curiosamente, Ayuso rechazó este jueves mecanismo alguno de control para la parte que le toca del ambicionado botín. Quiere Casado que el dinero que la UE da a España este condicionado a “reformas”, a las políticas del PP que textualmente precarizaron el empleo, menguaron las pensiones y debilitan la educación pública.

Pablo Casado se estrenó en el cargo de presidente del Partido Popular con otro viaje a Bruselas. En octubre de 2019 se fue a la capital comunitaria –donde nadie le había llamado- a “tranquilizar” a la UE –dijeron- ante los Presupuestos del gobierno de PSOE y Unidas Podemos y a decirles que él estaba “preparado para gobernar”. Habló con Juncker, el entonces presidente de la Comisión, al abordarle en un pasillo para soltar que España era un “desastre” con el gobierno socialista.

Atacar sistemáticamente al gobierno de tu país en el exterior es una política rastrera. Pablo Casado ha ido más allá al intentar obstaculizar con auténtica fruición el envío de los Fondos europeos a España. Menos mal que por mucho que se reúnan con él, no parece que su opinión pese lo más mínimo en Europa. Es inolvidable la impresión que causó en Merkel conocer al líder del PP español. Lo peor es que sus zancadillas en la política nacional no se quedan atrás.

Se ha significado también en defender a Orbán, el ultraderechista primer ministro que está llevando a Hungría al borde del abismo democrático -lo hemos recordado varias veces porque no se difunde como sería necesario-. La UE pide a Orbán que se vaya, mientras Casado insiste en difundir las dudas sobre el Estado de derecho en España por culpa del Gobierno y al mismo tiempo hace una defensa cerrada del Poder Judicial que él mantiene caducado a su favor contra viento y marea (poco viento y nula marea en realidad).

El Tribunal Supremo rechazó investigar la falsedad de su máster, como contaba entonces Ignacio Escolar . Uno de sus escasos logros, en un currículo lleno de títulos por cursos de apenas unas horas como el Programa Superior de Gestión Pública de Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) al que solo tenía que acudir un lunes al mes y sobre todo el Driving Government Performance Program (DGP), de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard que en realidad cursó en Aravaca (Madrid) durante cuatro días.

En la política española sigue la tradición de su partido de oponerse y presentar recursos para evitar los avances en grandes derechos sociales en el ámbito de lo más íntimo del ser humano, como el divorcio, el aborto, el matrimonio igualitario… Ahora es la eutanasia también.

Pablo Casado, de 40 años, pertenece a esa generación de jóvenes líderes de la derecha, cínicos, desinhibidos, sin problemas para mentir, profundamente incultos y muy conservadores. Primero mimetizó con Albert Rivera, luego se dejó barba “a lo Abascal”.

Suele desvincularse de la corrupción de un partido en el que ha tenido una presencia notable y constante. Toda su carrera la ha hecho en el PP al lado del Aznar y FAES, y de Esperanza Aguirre. Fue presidente de NNGG en 2004 y nombrado por Rajoy vicesecretario General de Comunicación en 2015. Se hizo famoso al instante por su burla a las exhumaciones de las fosas del franquismo.

En las elecciones de abril de 2019, el PP de Pablo Casado sufre el peor resultado de su historia. Pierde tres millones de votos, se queda con solo 66 diputados, menos de la mitad de los que tenía desde 2016. En el Senado, se deja otros 74 escaños. En dinero supone 257.430 euros al mes en ayudas públicas. La repetición de elecciones que convocó Pedro Sánchez en noviembre del mismo año le ayudó a una modesta recuperación. En las municipales y autonómicas de mayo, el PP vuelve a perder un millón de votos. Pero juega sus cartas con habilidad y -aliado con Ciudadanos y el apoyo de Vox- consigue gobernar en plazas tan decisivas como Madrid, Ayuntamiento y Comunidad. Ahí entra Ayuso -otra ahijada de Aguirre y Aznar-, con cuanto implica.

Y llega 2020, año de pandemias varias en España. El 3 de enero, el PP, con Pablo Casado al frente y Cayetana Álvarez de Toledo de portavoz, manda a la sociedad prácticamente a una sublevación en las calles para que no salga adelante la investidura de Pedro Sánchez y su gobierno progresista de coalición. Y esa táctica no cesó, por más que la prensa quisiera ver patéticamente giros al centro donde no los había. Sobre todo cuando Pablo Casado “rompió con Vox”, según nos contaron. Varias veces hablaron de un Casado que tendía la mano a Sánchez. Al cuello. Ha ejercido una oposición cruel incluso con la sociedad atribulada. El apoyo mediático tanto a él como a Ayuso ha sido aplastante y descarnado. Con pronunciamientos varios, arrecian durante todo el año las presiones para un gobierno de concentración entre PSOE y PP. Casado siempre condiciona cualquier apoyo a que se eche del gobierno a Unidas Podemos.

La derecha y la ultraderecha convirtieron las sesiones de control al Gobierno o de prórroga del estado de alarma en un escenario bélico. Casado acusa a Sánchez el 22 de abril de haber hecho la peor gestión mundial de la pandemia. Y se atreve a invocar a “la generación de los mayores con los que este virus se ensaña, la generación que hizo la Transición” para pedir “la máxima severidad para aquellos responsables públicos que les han discriminado en la atención sanitaria que es algo completamente indecente”, dijo. Con Ayuso al frente de los geriátricos que produjeron la masacre de Madrid, con la tijera neoliberal que diezmó la Sanidad Pública.

Esto es el PP de Pablo Casado, hijo aplicado de sus predecesores. Le fallan en sus pretensiones los empresarios, la Iglesia, los propios barones del PP que no lo secundan. La mala noticia es que el recambio ya no va ni por Feijóo. La oferta y promoción la encabeza Isabel Díaz Ayuso porque todo es susceptible de empeorar por imposible que pueda parecer. Ahora la presidenta electa de Madrid ya habla de la vocación universal de la sanidad madrileña al haber puesto un hospital al lado de un aeropuerto. Aznar, el padrino que asombrosamente también goza aún de voz de autoridad, acaba de poner a Ayuso como ejemplo de liderazgo, cree que debe fijar su posición en temas nacionales -como él, el gran José María Aznar, hacía desde Castilla y León- y marcar el camino a Casado. Podrido aún de rencor, Aznar ha acusado al PSOE de haber utilizado los atentados del 11M para ganar las elecciones de 2004. Cuando internacionalmente, esto sí, se sabe que fueron sus mentiras y su intento de ocultación los que precipitaron la caída de su PP. Y todavía sigue en su auto pedestal, sembrando al PP de sus discípulos.

Cuesta creer que ciudadanos conservadores serios se sientan representados por estos líderes. Porque hacerlo tiene consecuencias y para toda la sociedad.





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