Thursday, September 23

Lapuente tras la virtud

Víctor Lapuente ha escrito un libro muy especial. El libro no necesita recomendación -además, sería la de un amigo- por lo que voy a evitar los halagos corteses. Cuando un científico social (y de primera, me permitirán que lo diga) escribe un libro así -y no un filósofo, un sacerdote o un friqui, que son aquellos de quienes normalmente lo esperamos, o esquivamos- creo que lo natural es prestar atención, y es para alegrarse mucho que esté siendo un libro muy leído. No hay nada en él sobre lo que no valga la pena discutir, y hay mucho sobre lo que debería ser obligado hacerlo. Que los problemas morales son también sociales y políticos es -nos parece a todos- un hecho, y sin embargo prácticamente nadie es capaz de recorrer las tres esquinas con sobriedad analítica y verdadero conocimiento. El libro es una guía que señala puntos de encuentro y hace apuestas muy honestas y atrevidas, algo que resulta una simple bendición en un mundo en el que se llama radicalismo a arrojarse en la cama de plumas de los tuyos, y ser crítico a tapar las carencias con arrogancia y verbosidad. Es un libro imaginativo y bien escrito, que dice lo que quiere decir. Más que sobrarle palabras, antes diría que le faltan.

En cada capítulo, una secuencia de pequeños dibujos argumentales, con muchos resultados de investigación en ciencias sociales y del comportamiento, así como observaciones propias, sirven de apoyo a una recomendación moral y esta, a su vez, da una luz distinta a los juicios y hechos que se presentan. En la interacción entre las dos tramas, analítica y ética, claramente señaladas por el autor, reside el valor y originalidad del texto. Cuando una parte del libro se me haya olvidado, seguiré recordando, por ejemplo, lo que me ha hecho pensar sobre la ingratitud y sobre la excesiva disposición a la empatía (en lugar de a la comprensión racional), y pensaré que son ideas mías. Sin embargo, lo que más quisiera discutir no es ni el decálogo moral ni los análisis que lo sostienen, sino algunas de las opciones tácitas que se adoptan a lo largo de todo el libro, en una “tercera trama”, sobre la sociedad contemporánea y el papel de la ética, que deja caminos abiertos que sus razones no recorren. Los argumentos implícitos avanzan con gran beneficio de elegancia y amenidad, pues cuánto tedio filosófico no impone la discusión de los lugares a los que no se quiere ir. Sin embargo, me temo que allí debe asomarse el crítico.

El recorrido comienza con un diagnóstico: el endiosamiento colectivo de nuestro tiempo. Este se expone en tres capítulos sobre la decadencia moral, el narcisismo y la falta de gratitud por lo que somos. Al acabarlos el lector ya está pensando en que el narcisismo bien puede ser el nombre que explica muchas cosas que le preocupan. Tras ello, el cuarto capítulo establece la necesidad de “un dios”, algo trascendente, para orientar la acción moral en un sentido no narcisista. Un dios con minúscula porque cabe hablar de una religión civil. Consciente el autor de que la recomendación puede ser peligrosa, hasta explosiva, los dos capítulos siguientes nos advierten sobre los falsos dioses -en particular, el fundamentalismo y el nacionalismo; frente a la religión tolerante y la patria cívica- y de la necesidad de separar la trascendencia de la política, por si acaso. Es entonces cuando se invocan las virtudes, una lista que forma parte de una tradición concreta, pero a la que (paradójicamente, por anticipar mi opinión) debemos llegar por nosotros mismos. Son estas, recordemos, la fe, la esperanza y la caridad o amor (agapé), las virtudes reveladas que mi catecismo llamaba teologales; más la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, las virtudes griegas clásicas asimiladas por el cristianismo como virtudes cardinales.

Tras esta invocación, las reflexiones se van dirigiendo desde la ética cristiana occidental a una más concreta formulación estoica de la moral, lo que para mis inclinaciones personales es la parte más atractiva del libro: una crítica de los excesos de la empatía, una crítica del victimismo y un encomio de lo que llamamos estoicismo en sentido lato, la serenidad racional ante la fortuna. La plegaria de la serenidad ante las pruebas de Dios, ahora con mayúscula, cierra el volumen. Dios que puede ser Fortuna o Pachamama, según Lapuente, quien parece querer convocar aquí a un ecuménico concilio de todos los perplejos.

Es un viaje imponente para 267 páginas. Me fijaré en esto: en la parte diagnóstica a veces Lapuente me parece una pizca poco liberal; en la parte propositiva, una pizca demasiado. Hay una teoría implícita, pero no desarrollada, del vicio y de la virtud que recorre el libro, y es una teoría que uno querría ver expuesta para poder discutir con ella.

Se han escrito muy pocos libros laicos sobre los vicios. El libro de Judith Shklar Vicios ordinarios (1986. Trad. FCE 2007) es bastante singular en la teoría política. Sería maravilloso contar con un libro sobre el narcisismo y que lo escribiese Lapuente. Un libro (otro libro) que ofreciese una discusión sistemática de las fuentes en psicología, en sociología y en teoría moral podría ayudar a construir un concepto útil pero no demasiado elástico, y con sus luces además de sus sombras, y matizar lo que se propone en esta obra. No todos los vicios son absolutos, al igual que Shklar defendió la necesidad de la hipocresía, el narcisismo también tiene sus ambigüedades. El impulso narcisista en el arte, en la escena, en la música, es innegable; y no digamos en la investigación científica o académica. También en la política. Que un ganador del título de Mr. Universo llegase a ser elegido gobernador de California me parece que ilustra que ese tipo de motivación es legítimo en la vida pública. Tal vez esta sería insoportable si todos los políticos fueran Narcisos puros, como si todos fueran frailunos, mercaderes, ideólogos o simples en cualquier otra dirección. Pero nada está excluido.

Lapuente renuncia a concretar una definición del fenómeno. Estamos en un ensayo. El narcisismo se vincula con una forma extrema de individualismo (egocentrismo) y, en cierto modo, con el hedonismo. Desde el punto de vista psicológico existen escalas de narcisismo y existe un trastorno más o menos definido, pero, aunque lo traiga a colación, no es la tesis del autor que estemos realmente trastornados, sino señalar que entre nosotros cunde una especie de individualismo siempre oportunista, en el que las relaciones son condicionales, no se coopera, faltan amigos, falta cultura del esfuerzo, sobra ingratitud, se tiene la piel muy fina frente a la crítica y se carece de sentido de comunidad (todos estos rasgos aparecen en distintos lugares del libro). Asusta más que las escalas clínicas. Reunir las características de este síndrome con un mismo hilo y sugerir su condición social y política me parece un descubrimiento.

Uno sospecha que del narcisismo (y voy a seguir a Lapuente en usarlo de forma flexible) nos preocupa ahora su democratización. Cuando se diagnostica que ese rasgo se extiende en nuestra sociedad, no es como si se hubiera originado en una mutación, sino porque deja de ser un rasgo elitista. Difusión que tiene algo de risible, es cierto, porque parece funcionar como un Ponzi. Como la jerarquía de seguidores en las redes sociales. Lo malo, se diría, no es un Oscar Wilde, sino que el mundo se llene de ellos, pero con mucho menos talento – eso es una necesidad estadística- y se pasen el día compitiendo en ocurrencias. Y lo mismo vale para las bellezas de Instagram, que también salen en el libro. Pero si miramos al narcisismo de frente a lo mejor descubrimos que cierta forma de narcisismo puede tener momentos liberadores. Y que el dolor, y proezas como escribir como si el dolor no existiese -lo que asombra de Wilde a quienes entienden- pueden acompañar al narcisismo de forma íntima.

La relación del narcisismo con el hedonismo también es compleja. En algún lugar Shklar, por seguir con ella, observa que, para fundamentar las instituciones, entre la felicidad y el miedo el liberalismo normalmente elige el miedo, pues lo contrario abre un camino hacia al despotismo paternalista. Lapuente trae oportunamente el caso de China a su libro, que materializa ese peligro. Pero si bien debemos aceptar la presciencia de algunos viejos liberales, lo cierto es que esto debe ponerse en una dimensión histórica. Me parece que la búsqueda de la felicidad y del placer ha sido y puede ser liberadora. Que una tiranía contemporánea aprenda a sostenerse sobre el contento “consumista” no quita que la sociedad de consumo sea una liberación frente a otros despotismos más tradicionales. Por ejemplo, los que tienen improntas religiosas: en el Irán de hoy como en la España de los 70. Pensemos en lo que sentimos mirando a una vieja fotografía de mujeres afganas con minifalda paseando por Kabul. Pensémoslo bien porque creo que no es obvio. Funciona como un posible test sobre lo que realmente sentimos, frente a lo que a veces decimos.

A propósito de historicidad, un paso del argumento implícito del libro es la afirmación (explícita) de que vivimos en un tiempo de decadencia. Yo no puedo estar de acuerdo, pero no voy a reñir por eso. Para mí la pregunta más interesante es por qué en un momento tan brillante de la historia, en muchos sentidos el mejor para la mayor fracción de humanos que hemos conocido, se suscita tanta sensación de decaer. Que a juzgar por los libros que se publican, no solo este, es innegable. Tal vez deberíamos redirigir los esfuerzos a preguntarnos por qué no disfrutamos todo lo que podríamos disfrutar en un mundo que sigue expandiendo nuestras posibilidades. En realidad, creo que eso podría encajar bien con el espíritu de este libro. Pero este decálogo, tal y como yo lo leo, se debate entre una celebración del mundo, de la sociedad que nos ha traído a cada uno hasta aquí, de la comunidad y las familias a las que debemos estar agradecidos, y una vía de salida individual, estoica, que busca el sentido de la vida en la trascendencia. No es que sean incompatibles, pero sin el decadentismo podría haber más gente a la que solo le interesara la primera parte.

(Esto es solo una hipótesis, pero si existe un público natural para esto, que podría explicar el renacer del estoicismo en la cultura contemporánea, puede tener algo que ver con la falta de crecimiento relativo de nuestra clase media con respecto a los muy ricos y, sobre todo, los pobres del planeta global; que, además, se traduce en muchos casos en un empeoramiento con respecto a nuestros mayores, a esa familia a la que deberíamos estar agradecidos)

En la parte propositiva del libro, Lapuente quiere mantenerse dentro del individualismo liberal, pero obtener algunos bienes de la moral comunitaria a través de la religión y la nación civil, que son sus dos ejemplos de trascendencia. En mi opinión esto necesita una “infraestructura” que el autor se resiste a proponer, una teoría sobre la relación entre una buena sociedad y una vida buena. Un espacio en el que quepan las preguntas que incordian al buen ciudadano. Sobre qué se debe tolerar, sobre cómo confrontar los dilemas íntimos entre valores, sobre cómo educar… No digo que sea la única salida, pero tomarse en serio la teoría de las virtudes, y los vicios, es una posible forma de colmar ese espacio.

La ausencia de una estructura que medie entre el individuo y la trascendencia tiene dos consecuencias emparentadas en este libro. Una es la enorme lejanía entre lo que lo que da sentido a la vida, un amor por algo que nos trasciende, y lo político. Lapuente afirma, casi obliga a que aceptemos, que la política es algo estrictamente pragmático. Se lleva tan lejos el sentido de la vida que no sabría cómo traerlo de vuelta a la comunidad, y no le queda otro remedio que aislarla del mismo. Ama a un dios, nos dice, pero ojo con los falsos dioses, que corrompen la vecindad; y ojo sobre todo con ponerlos en la plaza pública, aunque sean verdaderos.

La segunda consecuencia, pareja de la anterior, es que el buen ciudadano tiene que hacerse a sí mismo. Esto resulta intrigante, al menos, desde el punto de vista de las primeras virtudes que el autor nos recomienda, pues pertenecen claramente a una tradición. Una tradición que, además de un contenido concreto -como son las siete virtudes- enseña que estas son disposiciones adquiridas, como si dijéramos, en el entorno adecuado. A través del ejemplo, la enseñanza, la práctica y la meditación, no solo haciendo lo último. Por ello, para esa misma tradición, no puede separarse demasiado la buena vida de la buena sociedad. No es solo la tradición cristiana, es también la de Aristóteles, la corriente principal del pensamiento moral anterior a la consolidación del liberalismo individualista. (La que se describe y estudia en el clásico Tras la virtud de Alasdair MacIntyre: 1981, trad. Crítica 1987).

Al señalar esto no recomiendo ni la tradición ni la comunidad como respuestas naturales o privilegiadas al tipo de malestar moral que diagnostica el libro. Antes me quedaría con el liberalismo pelado, si es que mi opinión importa. Pero se debe subrayar el peso de la cuestión, que el libro solo bordea, de cómo se hacen y dónde viven los buenos ciudadanos. Entiendo a Lapuente, de verdad: quiere un mundo plenamente liberal en el que los ciudadanos se porten como si los hubiesen criado en las mejores tradiciones y más virtuosas disposiciones, que además ejercen con respeto. Yo también. Pero el liberalismo no los produce espontáneamente y la mayoría de las tradiciones que conocemos son poco liberales.

Por ejemplo, no es que Lapuente no perciba la necesidad de las vías indirectas para empaparse de las virtudes, frente a la autodeterminación moral, pero acude a ejemplos de la ficción y del cine y no habla de educación. Ser un consumidor inteligente de productos culturales no soluciona el problema para la inmensa mayoría, en mi opinión, si es que realmente lo hace para alguien sin ayuda de un sustrato más profundo.

Algo sobre la buena sociedad se apunta necesariamente en este libro al hablar de la inmigración. Es un asunto polémico en el que no me quiero meter, pero lo señalo como otro ejemplo de que el autor a veces no tiene más remedio que pisar sobre “el concepto de sociedad” aunque quiera alumbrar hacia otro lado. Algo necesitaría haber apuntado, también, cuando habla del orgullo de pertenecer a una nación. Que el orgullo pueda ser una virtud es algo que a uno le parece más bien sospechoso -qué buena ocasión habría sido esta para hablar de la gratitud, en su lugar- pero si lo ha escrito seguro que es porque imagina la patria de una forma particular. El problema es que no comparte esa imagen con nosotros.

Un último ejemplo más: en la pequeña discusión que se ofrece sobre el coraje y la prudencia veo el germen de lo que podría ser un apreciado estudio lapuentino sobre el carácter personal en la democracia liberal, en una buena sociedad que lleve ese nombre. Un pequeño boceto de cómo ir colmando el hueco social entre el individuo abstracto y el buen ciudadano; una admisión de que la democracia liberal no funciona solo como un marco pragmático en el que cada uno busca una trascendencia que le inspire. Pues incluso para conservar y disfrutar de ese mínimo se requiere algo más de nosotros que puro pragmatismo (coraje, sacrificio…), exactamente como nos advierte el libro, pero algo que se aprende en sociedad, no simplemente se elige.

El pragmatismo hace que los problemas del pluralismo también estén ausentes del libro, cubiertos por la tolerancia. Se confía, me parece, en que mientras no se adore a falsos dioses (intolerancia religiosa o nacionalista) no hay que esperar problemas de este lado. El modelo de la tolerancia religiosa siempre ha sido un arquetipo para el pluralismo de los liberales, pero ¿qué pasa con esa segunda opción de “dios” que es la patria? El uso del concepto de patria (civil) emparejado con el de religión (abierta) es intrigante en este libro. No existe una traducción del aparato conceptual de la libertad religiosa para la libertad de patria, educación patriótica, respeto a los sentimientos patrióticos…. Y que la política deba ser laica con respecto a la patria, no menos que con respecto a dios, aunque los ciudadanos deban amarla ¿cómo sucede?

De igual modo esquiva la fragmentación del valor, no dentro de una sociedad sino en las cavilaciones morales de cada uno. Precisamente porque hay muchas formas de dar sentido ético a los actos que no residen en solo “un dios”, y que Lapuente no desconoce, pero tampoco explora, el problema moral a menudo consiste en equilibrar las razones contendientes. Ama a un dios, nos exhorta Lapuente. Pero la cuestión es que amamos a más de uno. Somos todos un poco “politeístas”, incluso los buenos ciudadanos. No es raro encontrar dilemas para los que no nos dan la misma respuesta la guía de la autorrealización, la amistad, el deber profesional, la piedad filial, el perfeccionamiento artístico, científico o incluso religioso, el bien común, el amor terreno, el honor de la promesa y muchas otras fuentes de valor cuyo peso sentimos en las sociedades libres. Apelar a un ente trascendental que las ponga en orden creo que sería un retroceso. La educación moral, la investigación sobre la buena vida en una sociedad abierta, la práctica de la virtud, en suma, sí podrían ser un progreso.

La ética de la virtud es una posible respuesta a estas dificultades porque propone una especie de renuncia a la soberanía moral absoluta, mediante la adquisición, digamos, de “un buen fondo”. En este decálogo se recomiendan virtudes, pero el paso está omitido, o al menos no se ilumina, creo, para el conjunto de ciudadanos. ¿Es su público, acaso, como el de los viejos estoicos, solo un segmento de personas bien educadas?

La defensa de la educación en las virtudes en una sociedad tradicional “bien ordenada”, basada en ideales que trascienden al individuo, era una cuestión trivial, su consecuencia natural. No había que pedirle a nadie que las descubriese. En una sociedad liberal requiere un trabajo, y eso es bueno. Especialmente si uno no abraza una religión digamos, de toda la vida, donde las preguntas y respuestas están mucho mejor ordenadas, y prefiere una religión civil. En el primer caso la religión ofrece tanto una forma de entender la buena sociedad como una forma de organizar los dilemas, en el segundo está todo bastante por hacer, y debe rehacerse siempre.

Retener algunas de las virtudes de la sociedad tradicional en el marco de la sociedad liberal es uno de los unicornios, como creo que se dice ahora, de la ciencia social (y que siempre hay quien cree haber encontrado en su lugar favorito del mundo). Lapuente expone algo realmente importante, la corrosión narcisista del liberalismo y la obligación moral de defenderlo con algo más que autointerés y pragmatismo, pero, por usar una idea que él mismo emplea en otro contexto, no explica quién pone el puente. Así como una sociedad no puede decidir volverse democrática, pues antes necesita infraestructuras y una burocracia medianamente eficaz, tampoco sus ciudadanos pueden decidir volverse virtuosos, con una organización social que solo ofrezca tolerancia y pragmatismo. No vamos a pedirle a Lapuente que solucione cosas que un siglo de ciencia social no ha terminado de revelar (no a tiempo completo, también hay que decirlo), pero, como en el caso de la democracia, no creo que se puede esperar sustituir el conocimiento con voluntad. 

No se me entienda mal. El libro es un decálogo, las exhortaciones no son un plan para salvar al mundo ni lo pretenden. Si hay que leerlo es porque ofrece decenas de cuestiones para la reflexión y nos convence en muchas de ellas. Aquí, de una forma demasiado extensa ya, he intentado leer y criticar una teoría implícita sobre el punto de vista colectivo, sobre la relación entre moral, ética y sociedad. Pero el libro está dirigido a usted, lector, individualmente.



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