Wednesday, August 10

Los aborígenes canarios construyeron marcadores astronómicos para medir el tiempo


La religión o las creencias de los primeros pobladores de Canarias no difiere en exceso de la cosmovisión que atesoraban los pueblos del norte de África hace 2.000 años. No obstante, como veremos en esta octava entrega, no hay un patrón común que defina la  manera de entender y describir el universo mágico de todas las comunidades que habitaron esa vasta extensión del continente africano. Los especialistas consultados para esta investigación periodística coinciden en el carácter animista –del latín anima, ‘alma’- de la sociedad indígena, al considerar que los elementos de su mundo real, como los astros o el Teide, por ejemplo, poseen una vida anímica. ¿Cómo lo sabemos? Las crónicas ofrecen datos con enjundia, que la arqueología legitima al investigar yacimientos asociados a la astronomía, como Cuatro Puertas, en Gran Canaria, Las Toscas del Guirre, en La Gomera, o Tindaya, en Fuerteventura. Además de profundizar en la influencia del cielo en la vida de los amaziges isleños, en este capítulo también abordaremos lo sagrado: ese concepto inmaterial que fusiona culto y divinidad.

Las denominadas “montañas sagradas” han llevado a Gran Canaria al olimpo del Patrimonio Mundial gracias a Risco Caído: “Un yacimiento excepcional”, como lo califica el astrónomo del Instituto Astrofísico de Canarias (IAC) Juan Antonio  Belmonte, descubierto por el arqueólogo Julio Cuenca. Fue durante el proceso y la posterior declaración de la Unesco de este “paisaje cultural”, en la comarca de La Cumbre, cuando se empezó a hablar de montañas sagradas en esa isla. Pero mucho antes del descubrimiento de ese santuario o almogarén, en Canarias se califica de montaña sagrada, asociada a la cultura indígena, a dos colosos de la naturaleza: Tindaya, en Fuerteventura, y, sobre todo, el Teide, en Tenerife.

La espectacular montaña del municipio de La Oliva –es la imagen de la cabecera de esta serie- se hizo famosa en Canarias, también en el resto de España, por el proyecto monumental del escultor vasco Eduardo Chillida. Pocos canarios conocían Tindaya en los años 80 del siglo pasado, y muchos menos sabían de su importancia arqueológica. El polémico proyecto de Chillida –nunca se ejecutó por la oposición ciudadana- puso en el mapa a Tindaya, una montaña que atesora uno de los mayores complejos de grabados podomorfos del planeta. Luis Lorenzo Mata, director del Museo Arqueológico de Fuerteventura, no es un especialista en arqueología cultual, “pero es indudable que era una montaña sagrada para los majos. La sola presencia del enorme conjunto de podomorfos, nos habla de la importancia que tenía para esa cultura”. Mata afirma que, cuando subió a la cima de Tindaya, “descubrí su dimensión mágica al ver claramente a Gran Canaria y el Teide”. Fue “impactante”, sentencia el director del MAF.

Juan Antonio Belmonte, científico del Instituto de Astrofísica de Canarias, si sabe, y mucho, de la astronomía vinculada a las creencias en la sociedad prehispánica. Junto a la arqueóloga Nona Perera y sus colaboradores, realizaron un estudio sobre la astronomía de la montaña majorera. “Descubrimos que los podomorfos estaban orientados hacia poniente, en una dirección en la que se divisa Gran Canaria y el Teide”.



Las observaciones de Belmonte concluyeron que “la puesta de sol en el solsticio de invierno y la visión de los crecientes lunares, asociados a las puestas de venus”, siguieron la orientación de los grabados. El planeta Venus, precisa el astrónomo, “es la estrella portadora de agua”. La mayoría de los podomorfos tienen la citada orientación. “Te marca la dominancia, marcado en su histograma de orientaciones; la mayoría están centrados en cuestiones astronómicas. Aunque ciertamente visible, el Teide no es el elemento dominante”. Desde un prisma cultual, el investigador del IAC considera que algunas de estas manifestaciones rupestres “están asociadas a la fertilidad, a la llegada de las lluvias en diciembre, cuando se produce el solsticio de invierno”. 

 La influencia de Echeide

A diferencia de Tindaya, el Teide está en el imaginario de los canarios desde hace siglos, y no solo en el de los habitantes de Tenerife. En la actualidad, este gigante volcánico –con 3.715 metros sobre el nivel del mar, es la mayor altura de España- es un referente de la naturaleza y geografía del Archipiélago. Para los guanches -probablemente también para los indígenas de otras islas, porque su presencia es imponente, sobre todo desde La Gomera y Gran Canaria, al ser las islas más cercanas a Tenerife-, el Teide no era un fetiche, como sí lo fue Tindaya para los majos. “El Teide era el infierno”. En su libro Guanches, Antonio Tejera afirma que “la tradición literaria concibió al Teide como la ubicación del infierno, al interpretarlo con la cosmogonía cristiana”. El catedrático se apoya en las crónicas del fraile Alonso de Espinosa, quien escribió: “…conocían haber infierno, y tenían para sí que estaba en el pico de Teide, y así llamaban al infierno Echeide”. Para el filólogo Jonay Acosta, la etimología de Echeide podría estar relacionada con el paralelismo bereber eẓẓǝd (variante eššǝd) ‘cenizas’. Tejera también recoge una crónica de A. Cedeño, en la que se alude a la creencia de los guanches en un “demonio llamado guaiota (…) i que hautiba en el volcán del pico de Teide”. 

La explicación es muy sencilla. Los indígenas fueron testigos, al menos, de una erupción, en el siglo V. El experto Juan Sergio Socorro nos cuenta que la erupción de “las lavas negras que parten del cono apical ocurrió hace en 1.400 años”, mientras que los llamados Roques Blancos, “unas enormes coladas y grandes canales lávicos que alcanzan la costa en Icod de los Vinos, tienen una edad de 1.800 años”. Con esos antecedentes, el Teide sería una montaña inquietante. Es el mismo argumento –ver capítulo 2º- que expuso el director del MAG, Juan Carlos Hernández, para afirmar por qué los gomeros no navegaron a la isla de enfrente: el miedo. A pesar de esta simbología, como expusimos en el capítulo 5º, era un lugar de pastoreo, en primavera y verano, y de explotación minera.

Matilde Arnay es la arqueóloga que más ha trabajado en la comarca de las Cañadas del Teide. No se ha especializado en las creencias, pero sí ha investigado todos los registros arqueológicos. “El Teide seguro que era la gran montaña sagrada y sin duda tuvo que tener una gran influencia simbólico en la vida de los indígenas”. Sin embargo, como reconoce la doctora de la ULL, “no hay ningún yacimiento que tenga alguna connotación especial que pueda significar algo parecido a un templo, a un ara de sacrificio o a un lugar donde se hiciera algún tipo de actividad religiosa”. Durante la Conquista, “los guanches transmitieron un valor negativo de la montaña, de ahí que se hable de la morada del demonio”. Sin duda, asevera Arnay, “tiene que ver con las erupciones y tuvo que influir en su cosmovisión”, con los temblores y las explosiones que causan los procesos volcánicos. 

El lingüista Acosta señala que “la morfología de guayota se corresponde con las oraciones de relativo libiobereberes del tipo *wa + y-… ‘el que…’, muy típicas de la onomástica canaria (Guayarmina, Guayasen, Guayonje o Guayadeque), identificándose en ella el perfectivo del verbo ut ‘golpear, latir’, lo que da lugar a la etimología ‘el que latió’”.



La influencia simbólica del Teide no se circunscribe a Tenerife. En La Gomera, recuerda Arnay, hay grabados rupestres que se asemejan al volcán y están ubicados en lugares con vistas directas a la montaña. En Gran Canaria, el doctor Belmonte ha estudiado el yacimiento de Llanos de Gamona, con sus goros circulares y torretas de piedra. El investigador sostiene que “durante el solsticio de verano, el sol se pone detrás del pico del Teide”. Belmonte aclara que, “debido a las variaciones del eje de rotación de la tierra, el disco solar se pone en la actualidad ligeramente al sur, pero al principio de la época aborigen, entre los primeros cinco siglos de la era común, el ocaso se producía exactamente en el pico”.

Canopo y el Beñesmer

 El matemático y doctor en Historia José Barrios es el único científico que ha realizado una tesis doctoral sobre arqueoastronomía de Canarias. Gracias al estudio del cielo, de yacimientos astronómicos en Gran Canaria y Tenerife, a las investigaciones científicas astrales en el norte de África de otros autores y a las crónicas de la Conquista, culminó una obra de referencia: Sistemas de numeración y calendarios de las poblaciones bereberes de Gran Canaria y Tenerife en los siglos XIV-XV. 

“El sistema religioso de los indígenas, al menos en las tres islas que he investigado –La Gomera, tras la tesis doctoral- , era astrolátrico, donde el sol, la luna, las estrellas y, probablemente, los planetas desarrollan un rol fundamental”. En este sentido,  “la estrella Canopo es determinante en la antropología del norte de África”. Y también en la sociedad prehispánica canaria, según Barrios. Es una estrella muy brillante. Desaparece del cielo a finales de abril y reaparece a mediados de agosto, fecha en la que los guanches celebraban el beñesmer, la fiesta de la cosecha, como recogen las crónicas. Fray Alonso de Espinosa sugiere que la cueva de Achbinico –hoy conocida como cueva de San Blas- era lugar de peregrinación de los nativos durante la luna de agosto. ¿Y dónde está esa cueva? En Candelaria, donde hoy se venera a la patrona de Tenerife. “Todo indica”, señala este investigador de la astronomía del norte de África,  que las fiestas actuales de la Candelaria, en Tenerife y en Chipude (La Gomera), y la del Pino –la patrona de Gran Canaria-, en Teror, “son cristianizaciones del culto indígena a la estrella Canopo”. 

¿Cómo ha llegado a esa conclusión? “Hay muchas pruebas documentales, antropológicas, arqueoastronómicas, calendáricas y etnográficas que establecen una relación entre esas tres fiestas y el culto africano a la estrella Canopo”. José Barrios nos cuenta que Antonio Cubillo, líder independentista canario ya fallecido, fue el primero que observó esta relación durante su exilio en Argelia. “Tuvo la oportunidad de ver a los tuareg celebrar una fiesta, a finales de agosto, con motivo de la reaparición en el cielo de Canopo”.

La Fortaleza de Chipude fue un lugar de culto de los gomeros. En ese macizo pétreo hay una cueva enorme que también se denomina San Blas. Y en agosto se festeja a la Virgen de la Candelaria. Con esta información, el doctor Barrios, junto a dos técnicos del Museo Arqueológico de La Gomera, fue a explorarla y confirmó sus sospechas: una cueva con vistas directas a Canopo.

¿Y qué pasaba en Teror a finales de la época aborigen para que hoy sea el centro religioso de referencia de los grancanarios? Está documentada  la existencia de asentamientos en la comarca. De hecho, hay un poblado troglodita a las afueras del pueblo, habitado en la actualidad, con un topónimo significativo: La Guanchía. Durante el siglo de la Conquista, la zona entre los núcleos de Arucas y Teror era un terreno fértil para la agricultura y el pastoreo. Su nombre era Aterura. Barrios afirma que “Teror era un lugar de culto indígena desde tiempos prehispánicos, como atestiguan fuentes documentales. Sabemos, sin lugar a dudas, que los canarios tras la Conquista se reunían ahí, hacia el 8 de septiembre, al menos desde finales del siglo XVI”. La fiesta cobró tanta fuerza  que “la iglesia católica se vio obligada a dejar la catedral de Las Palmas y trasladar allí el centro católico de la isla”. El historiador Gustavo Trujillo, en su libro La virgen del Pino de Teror, ¿una divinidad de los antiguos canarios? , señala que “autores modernos plantean” que el lugar donde había un gran árbol fue “un espacio sagrado, o santuario, para los indígenas de Gran Canaria, hecho que fue aprovechado por los conquistadores para instalar una talla de la Virgen”.



Los templos de Telde

Además de estos tres ejemplos de sincretismo estudiados por José Barrios, el profesor de Matemáticas de la ULL ha investigado varios enclaves astronómicos. Gran Canaria –la isla con más yacimientos de esta tipología-, atesora marcadores solsticiales y equinocciales excepcionales. Cuatro Puertas, en Telde, “fue el primer marcador descubierto en Canarias”, investigación que presentó en la III Conferencia Oxford, la cumbre internacional más importante en arqueoastronomía. La precisión de Cuatro Puertas “es evidente durante el solsticio de verano”. El doctor Barrios lamenta el estado de abandono del conjunto, porque además del almogarén y la cueva de Cuatro Puertas, elementos artificiales creados por los antiguos canarios, atesora un granero, cuevas habitacionales y otros registros significativos. En una isla con varios parques o recintos arqueológicas gestionados por empresas especializadas, las fuentes consultadas para realizar este reportaje no se explican por qué no se acondiciona el yacimiento como lugar de visitas culturales y turísticas.

La cueva de Tara, localizada en este barrio troglodita de Telde, habitado desde la época aborigen hasta la actualidad, “es una cueva singular, enorme, con unas características arquitectónicas impresionantes”. Tiene un gran espacio central circular, con una claraboya en la parte superior de la puerta por la que penetra la luz solar, y una segunda cámara elevada tras la primera estancia. “Cuando el sol pasa por el punto medio entre los solsticios”, señala Barrios, “el haz de luz ilumina justo el fondo de la recámara ubicada en la galería superior”. Es un marcador equinoccial.

Durante la preparación de su doctorado, en 1995, José Barrios visitó Tara junto al polaco Mariusz Ziolkowski, especialista en arqueoastronomía. Diecinueve años después, el arqueólogo Vicente Valencia, tras unas observaciones superficiales, intuye que Tara es un yacimiento astronómico. Contacta con Barrios y junto a un joven arqueólogo, Aitor Brito, realizaron una investigación que presentaron en XXIII Coloquio de Historia Canario-Americana de 2018. Ellos están convencidos de que se trata un recinto de culto de los antiguos canarios“. De hecho, continuó como lugar sagrado hasta principios del siglo XX, porque fue una capilla y todavía se conserva una cruz en el exterior. Los investigadores consideran que Tara fue un espacio astronómico, con estrecha vinculación con Cuatro Puertas. Sus ”notables características demuestran que los faicanes (sacerdotes) se tomaron con mucha seriedad la idea de definir un punto del horizonte que partiera en dos mitades la franja definida por los extremos solsticiales“. En ambos recintos, ”los sacerdotes canarios construyeron unos artefactos arquitectónicos diseñados para estudiar los movimientos de las divinidades astrales“. Barrios concluye que ”la existencia en Telde de dos importantes observatorios astronómicos, cercanos el uno al otro, con cometidos complementarios y funcionando simultáneamente -al menos en los siglos inmediatamente anteriores a la Conquista-, prueba el alto nivel que alcanzó la astronomía canaria y el papel fundamental de Telde en el entramado calendárico, astronómico y religioso de la isla“. 

Las Toscas del Guirre

Las Toscas del Guirre, en La Gomera, es otro de los recintos astronómicos más espectaculares del archipiélago. Además, atesora el mayor panel de escritura líbico-bereber de Canarias, con 105 caracteres. Es una cueva muy pequeña, en la cara sur de un barranco. En la pared principal está la inscripción alfabética, y al otro lado, un pequeño orificio construido por los gomeros -una especie de óvalo- que, a diferencia de los marcadores que hemos descrito en los que se proyecta la luz solar, hace de visor hacia el exterior. Cuando el arqueoastrónomo José Barrios acudió a investigar, descubrió un “marcador del solsticio de invierno”. Tiene 13 grados de visión del horizonte, y justo en el centro, en una degollada, clava la puesta de sol cada invierno.



El ocaso del sol que vemos a través del visor está a varios kilómetros en línea recta de la cueva. Y justo en ese lugar, ante el asombro de los investigadores, está la ermita de Las Nieves: una de las más antiguas de La Gomera y centro de peregrinación desde el siglo XVI. ¿Qué había allí en la época aborigen? Oculta entre el follaje, están los restos de un ara de sacrificio indígena. Las aras de sacrificio -abundantes en La Gomera y casi inexistentes en el resto del archipiélago, salvo algunos ejemplos en El Hierro-  son centros de ritual donde se sacrifican animales y luego se incineraban. Hoy son visibles diminutos restos óseos. La Gomera está salpicada de estas estructuras circulares, siempre enclavadas en lugares estratégicos de la abrupta orografía insular. “Esas referencias geográficas son fundamentales”, explica Barrios, “para la elaboración de los candelarios”. De esta manera, los gomeros medían el tiempo.

El director del Museo Arqueológico de La Gomera (MAG), Juan Carlos Hernández, descubrió la cueva en 2005 al entrar para protegerse de la lluvia. Al girar la vista, “vi unos signos grabados, observé con más atención y te das cuenta que son letras bereberes, que no era una falsificación”. Hernández acababa de descubrir la primera inscripción alfabética de la isla. “Aquella noche no dormí, con la cabeza a mil por hora”. Transcurrieron varios años hasta que Barrios certificó la otra dimensión de Las Toscas del Guirre. Para disfrutar de este singular enclave hay que ir al MAG, porque el acceso es muy peligroso y alejado de la carretera más próxima.

Religión en el norte de África

Las creencias de los amaziges de Canarias guardan relación con algunas de las prácticas de los pueblos norteafricanos. Así lo ha señalado el científico José Barrios, en su tesis doctoral, y también el historiador Josué Ramos, que está ultimando su investigación doctoral sobre las religión en las poblaciones del norte de África, tarea que realiza con el catedrático Antonio Tejera Gaspar. Ramos afirma que “sí que encontramos elementos comunes, como la importancia de las divinidades celestes y de determinados hitos del paisaje o de la naturaleza como espacios sacralizados, principalmente montañas, fuentes o cuevas”. La existencia de semejanzas “supone un indicio interesante, pero esa comparación debe realizarse con una metodología bien definida, que tenga en cuenta los procesos históricos implicados”.

Al ser un territorio tan amplio, es difícil afirmar que las creencias fueran homogéneas en esas poblaciones. “Estamos ante un mosaico étnico-cultural enormemente complejo, cuya diversidad no está condicionada solo por la amplitud geográfica, sino también por los propios procesos históricos, muy distintos, que protagonizaron las antiguas sociedades africanas”. El historiador se ha encontrado con una dificultad: “No poseemos ningún texto generado por estas sociedades que detalle cuál fue su concepción del universo, su cosmogonía, mitos o sus nociones acerca de la naturaleza de los dioses. Solo disponemos de unas breves referencias en los autores grecolatinos, de fuentes epigráficas y de fuentes iconográficas que nos indican una serie de elementos comunes, como por ejemplo, el culto a los astros”.

La investigación en la que está inmerso el futuro doctor Ramos, le permite afirmar que “las religiones líbicas tenían un amplio componente astral, al igual que muchas otras de la protohistoria mediterránea”. Las estelas líbico-bereberes, continúa, “son una fuente que nos permite documentar este hecho, así como significativos pasajes que encontramos en fuentes clásicas -Heródoto, por ejemplo-, que nos informan acerca de la importancia de la luna, del sol y de los astros en sus cosmogonías”.

Con la cosmogonía de los guanches está relacionada la Quesera de Masca -denominada así porque asemeja a los moldes para elaborar quesos-, en Tenerife. Fue un lugar de culto, como describe Tejera Gaspar en Guanches. Asociado al soliforme, grabado sobre una superficie rupestre, hay un conjunto de cazoletas y canales que los aborígenes labraban para sus rituales, al verter agua y leche. En todas las islas hay numerosos yacimientos de esta tipología. La “estación solar de Masca”, como la denomina Tejera, está vinculada al Teide, porque su emplazamiento está “justo en el lugar exacto desde el que se observa la cúspide de este volcán”.

 Juan Antonio Belmonte aprecia un doble alineamiento en los radios de la quesera, porque “se produce la puesta de sol en los dos solsticios: sobre las cumbres de La Palma en verano y sobre La Gomera en invierno”. No es la única referencia astronómica. “La luna llena del beñesmer sale por detrás el Teide”. Para el astrónomo, el lugar “se ha elegido deliberadamente. Vas caminando por la degollada, el camino se ensancha y, a la izquierda, empiezas a ver el Teide. Cuando lo ves en su totalidad, es el lugar en el que se encuentra el santuario”. 

Lanzarote atesora dos queseras potentes. A diferencia de Masca, que no supera el medio metro de diámetro, la quesera de Zonzamas tiene una longitud de casi cuatro metros. Por ahora, no hay ninguna teoría sólida. Belmonte no encuentra “relación con la astronomía”, mientras que Barrios solo ha leído los trabajos que se han publicado, “pero desde un punto de vista metodológico, dejan bastante que desear”. Lo que es indudable es que se trata de una estructura enigmática y muy singular por su tamaño.



El santuario de Risco Caído

Risco Caído, su famosa cueva 6, es “un yacimiento excepcional”, construido presumiblemente al final del siglo XIII. Así lo califica Belmonte y todas las personas que lo hemos visitado. Su cúpula, labrada sobre la piedra, es única en el conjunto del archipiélago. La pared circular del fondo, sobre la que se proyecta el haz de luz que penetra por un orificio artificial, tiene grabados de triángulos púbicos perfectamente cincelados, a pesar de que los aborígenes no tenían metales. “Es un edificio simbólico donde observas el ciclo lunisolar. La luz del sol penetra en el equinoccio de la primavera, alcanza su máximo desarrollo en el solsticio de verano, luego remite y deja de penetrar en fechas cercanas al equinoccio del otoño”, relata el astrónomo del IAC. Cuando deja de penetrar el sol, Belmonte observó que “debía entra la luz de la luna llena de los meses invernales, y así se lo comuniqué al descubridor de la cueva para que prosiguiera sus investigaciones”.

 “Desde el plano simbólico”, afirma Belmonte, Risco Caído “es extraordinario. Es un santuario y marca momentos astronómicos para fines simbólicos y rituales, como conseguir la fertilidad de la tierra. La luz de la luna llena, durante el solsticio de invierno -el momento de máximas lluvias del Archipiélago- adquiere una forma fálica al proyectarse sobre la pared. No se puede descontextualizar este fenómeno de la mentalidad de aquella gente”. Lo que no es tan evidente para el doctor Belmonte es que sea un marcador estacional exacto: “Soy más cauto en ese sentido, pero no lo descarto”.

Quien sí lo descarta es el Cabildo de Gran Canaria. En un documento que envía a ICOMOS, en febrero de 2019, cuando el director del organismo evaluador de los monumentos y sitios que aspiran a ser declarados Patrimonio Mundial le remite una carta al delegado de la Unesco en España, en diciembre de 2018 –ElDiario.es-CanariasAhora ha tenido acceso a ambos documentos-, expresando sus dudas sobre “la interpretación del uso astronómico”. La respuesta de España, elaborada por un técnico del Cabildo –organismo que impulsó la candidatura-, es clara: “El efecto lumínico baña parte del muro donde se sitúan los triángulos del pubis, pero ni en el expediente de candidatura, ni en el artículo más detallado extraído para este informe (Cuenca Sanabria et at. 2018) infieren que los triángulos del pubis guarden alguna relación o significado astronómico probado en algún momento, y mucho menos que actúen como marcadores astronómicos”. (….) “Nos limitamos a afirmar que se trata de un santuario con abundantes símbolos de la fertilidad, en el que se produce un fenómeno lumínico con evidentes, y posiblemente simbólicas, connotaciones astronómicas, lo que de por si ilustra su carácter excepcional”. Por primera vez, un medio de comunicación difunde esa declaración oficial: Risco Caído no es un marcador astronómico.

El responsable técnico de Patrimonio Mundial de la Unesco, Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria, José de León, opina que “es evidente que la luz penetra en la cueva con absoluta precisión en el equinoccio de primavera y sale en el del otoño. Si tenemos en cuenta que la claraboya es una construcción artificial, hecha de forma consciente y con una inclinación precisa, parece evidente que la población aborigen procuró marcar el equinoccio”. Sin embargo, continúa De León, “no hay acuerdo sobre la existencia de un claro marcador solsticial, si bien en los días del solsticio de verano es cuando la luz del sol alcanza su máximo esplendor en la cueva, lo mismo que hace la luna en el solsticio de invierno”. Todo ello apunta “a que la sofisticada construcción de la cueva 6 tenía el propósito de funcionar como un calendario”. Con todo, este historiador y arqueólogo considera que hay que seguir investigando.

Investigar y mucho es lo que ha hecho el arqueólogo Julio Cuenca desde que descubrió el almogarén en 1996. Centrar el debate en si es o no un marcador es simplificar la singularidad de este santuario y su funcionalidad, indiscutiblemente simbólica y cultual, como refrendó la Unesco al declarar Patrimonio Mundial el paisaje cultural de las cumbres de Gran Canaria. Julio Cuenca, en un artículo publicado en mayo de 2018 en Mediterranean Archaeeology and Archaeometry, describe, con todo lujo de detalles, el fenómeno astronómico que, a su juicio, prueba que estamos ante “un calendario visual” y que la cueva 6 es “una ingeniosa creación que funciona como un lugar sagrado”. En dicho artículo, Cuenca admite dudas de que se trate de un marcador: “Tal vez funciona como un marcador astronómico”. 



 Seis siglos después de que culminara la Conquista de Canarias, son más las certezas que las incógnitas sobre el sistema de creencias de los primeros pobladores del archipiélago. Gracias al trabajo de los expertos que hemos citado en este capítulo, hoy sabemos que la observación del cielo les permitió medir el tiempo y determinar a qué divinidades, tanto celestiales como terrenales, le ofrecían su culto. ¿Lo dejaron escrito en alguno de las decenas de paneles alfabéticos que grabaron en las siete islas? Esa pregunta la responderemos en el próximo capítulo: La palabra, así escribían y hablaban el guanche.



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