Wednesday, July 6

Los aborígenes canarios, de una sociedad tribal a otra jerarquizada, con propiedad privada y comercio


 “Era de los defensores de la foto fija. Estaba convencido de la identidad étnica insular de los antiguos canarios, de principio a fin. Nos dijeron que no había diferencias entre las comunidades de la costa y del interior de la Isla, que habían vivido aislados durante 1.500 años. Fue traumático descubrir que estaba equivocado hasta hace poco tiempo”. Quién así se expresa es Javier Velasco, inspector de Patrimonio Histórico del Cabildo de Gran Canaria. Al igual que el doctor Velasco, la mayoría de los arqueólogos consideran que la cultura prehispánica evolucionó desde que se estableció, a principios de la era común, hasta la llegada de los europeos. En algunas islas más que en otras y de forma diferente. A través del análisis de la economía primaria de aquellas personas, con las singularidades de cada isla, en este capítulo intentaremos configurar el retrato de una sociedad que no fue una foto fija, a través de cambios detectados en la agricultura, en la cerámica, en la dieta o en el tipo de vivienda.

Por la gran cantidad de yacimientos y por la variedad de los mismos, Gran Canaria es una isla en la que se podría percibir la evolución de la sociedad aborigen con cierta nitidez. Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo esa metamorfosis no se ha podido certificar con datos científicos. “Tenemos una arqueología muy heterogénea que no hemos sabido explicar”, comenta Javier Velasco. Desde los foros académicos se recurría a las premisas ecológicas, es decir, “todo es resultado de una adaptación y todo llega desde el principio”. Era, “como un caldo de cultivo arqueológico donde todo funcionaba simultáneamente”.

La revisión de las dataciones de los restos humanos conservados en El Museo Canario ha sido un hito determinante para verificar la evolución cultural de los canarios. Un equipo integrado por técnicos de esa institución y de la empresa Tibicena, en el que también está Velasco, ha fundamentado un cambio de paradigma que también se observa en la mayoría de las islas, aunque con menos pruebas, porque aún falta mucha investigación. “El gran elemento de cambio ha sido que hemos contado con la posibilidad de que el tiempo se convirtiera en un factor vertebrador de las explicaciones arqueológicas que hemos encontrado”. Y ahí han entrado en juego las dataciones, incluidas las de semillas, porque la agricultura experimentó una gran evolución“. 

La colonización de Gran Canaria, con los datos actuales de dataciones, se inició en el interior porque buscaban un paisaje de montaña similar al lugar de procedencia –posiblemente el Atlas por su parecido, según el equipo del Museo Canario y el historiador José Juan Jiménez-, con agua de riachuelos como en Guayadeque o La Cumbre. “Los suelos son menos aptos para la agricultura”, señala Velasco, “pero combinando con la ganadería” se mantenía una economía estable de subsistencia. A partir del siglo XI, “surgen asentamientos en las vegas de las desembocaduras de los barrancos, unos terrenos más fértiles que permiten una producción mucho más intensiva. Significa que admiten más población y la intensificación de esta actividad económica”. Ese cambio propicia la construcción de graneros –aunque los hay anteriores, como el de La Fortaleza (Tirajana) y La Montañeta (Moya)- en lugares escarpados para controlar el acceso y facilitar su protección. Estos recintos que solo existen en Gran Canaria, como el Cenobio de Valerón, en el norte, o el granero de Temisas, en el sureste, tenían un “gran valor porque garantizaban la supervivencia del grupo”.

Partiendo de que la arqueología no es una ciencia en el sentido pleno de la palabra, Jorge Onrubia tiene dudas de que los antiguos pobladores de Gran Canaria procedieran del Atlas. “Eso está por ver, ¿cuáles son los argumentos? ¿Y de qué Atlas, porque no es lo mismo el Medio Atlas que el Alto Atlas o el Atlas sahariano”. El filólogo Jonay Acosta sí tiene argumentos lingüísticos y epigráficos “suficientes para pensar que, algunos de ellos, vinieran de ahí”, concretamente del Antiatlas y de sus valles adyacentes, especialmente el Draa. Esas pruebas –las veremos en el capítulo 9º- han sido publicadas, a partir de 2019, por Renata Springer, Irma Mora y por el propio Acosta, “y revisadas por pares ciegos y citadas en revistas de impacto por especialistas internacionales”. Por otra parte, continúa Onrubia, “aún falta mucha investigación para ser tan categóricos sobre una instalación precoz solo en el interior”. También recuerda la existencia de poblados en vegas costeras antes del siglo XI. “En Cueva Pintada tenemos fechas seguras desde los siglos VII y VIII, cronología que encaja perfectamente con la de los túmulos del Maipés –como veremos en el capítulo sobre la muerte-. En Gáldar, concluye Onrubia, ”los espacios domésticos de este momento están caracterizados por ámbitos más bien rupestres. Tenemos pocas dudas de que las características casas cruciformes –surgen a partir del XI- no son más que una evolución de este tipo de espacios; derivan claramente de ellos“.

José Juan Jiménez tiene una opinión similar a la de Velasco. Adelantó en su tesis doctoral (1999) la evolución de la economía primaria en Gran Canaria. “Entre los siglos III y VIII, ocupan el interior, tienen cultivos de secano que irriga la lluvia y un pastoreo localizado en Guayadeque, Tejeda y Artenara”. Después de esa etapa, “en cuanto empieza a aumentar la población, se ocupan otros nichos, con tierra de mejor calidad en la desembocadura de barrancos en Gáldar, Telde, Agüimes, Arguineguín y La Aldea”. Con el aumento de la producción de cereales, Jiménez sostiene que también aumenta la población “y lo vemos con las necrópolis de mayor tamaño”. 

El mundo de las tierras altas “se va eclipsando”. ¿Qué lo demuestra? “La gente de la montaña enterraba en cuevas y momificaba. En la costa, no. Los pastos del litoral ”son de peor calidad. Tienen que mover el ganado y controlar a la cabaña para que no crezca en exceso y se coma la cosecha“. Como el número de cabezas de ganado debe de estar limitado a la capacidad de carga, razona Jiménez, ”no podemos hacer un uso indiscriminado de la piel del animal“. En consecuencia, ”el ritual funerario de envolver los cuerpos con pieles y depositarlos en cuevas se suprimió y se optó por la inhumación en superficie“. Esos cambios de la sociedad aborigen ”son producto de evolución interna, no de oleadas migratorias porque el resto del registro arqueológico no ha cambiado“. Jiménez resume su planteamiento en tres palabras: ”Adaptación, evolución y cambio“. Un paradigma evolucionista frente al difusionista de otros investigadores.

  La metamorfosis de los antiguos canarios es muy evidente en los hábitos funerarios –ver capítulo 7º, La muerte, entre momias y cementerios- y se aprecia en los majos de Lanzarote. También se observa en la tipología de las casas de Gran Canaria. A partir del siglo XI, a las cuevas se les unen las viviendas de piedra con techumbre vegetal en la costa. La mayoría son de planta cruciforme. Pero hay un poblado de montaña que presenta una diacronía singular en su arquitectura. De hecho, es el que más tiempo ha estado habitado en la isla, desde el siglo V hasta la Conquista, en el XV: La Fortaleza, en Santa Lucía de Tirajana. Después del parque arqueológico Cueva Pintada, asociado a los numerosos yacimientos de Gáldar, y del municipio de Telde, un conjunto arqueológico en sí mismo debido a la riqueza y variedad de su patrimonio, probablemente es el yacimiento más relevante de Gran Canaria.

  La Fortaleza tiene de todo: Un granero del siglo VI, enterramientos en cueva, un monumento funerario en superficie, un centro ceremonial en la cima de ese macizo pétreo que da nombre al enclave –son tres las formaciones rocosas del conjunto arqueológico-, grabados rupestres, un panel con inscripciones alfabéticas, decenas de ídolos, dos caminos toscamente empedrados, “se intuyen tres calles en terrazas, pendientes de excavación para confirmar su presencia, y una quincena de registros habitacionales, de las cuales cuatro son cruciformes –con dos habitaciones laterales-, y pensamos que pueden haber cerca de cuarenta estructuras, entre casas, pasos, caminos…”, describe Marco Antonio Moreno, director de las excavaciones y cofundador de la empresa Tibicena. “Lo que hicieron los canarios”, añade Moreno, “fue abancalar el terreno -las calles que hemos descubierto- e introducir las casas con una tipología híbrida”.

   La propuesta del equipo de Tibicena, aún en fase de hipótesis, “no es que pasaran de habitar las cuevas a las casas, sino que hay un estadio intermedio que, al menos en La Fortaleza, coincide con la construcción del santuario en la cima y con la habilitación de parte de la ladera, donde se encuentra el poblado, con la construcción de estructuras circulares”. No son las únicas de la isla porque hay similares en asentamientos del sur y oeste. Con este tipo de arquitectura circular, añade Moreno, “son con las que hibridan las casas cruciformes”. En total, se han excavado tres estructuras híbridas.

  Respecto a las dataciones de las casas, “la circular que actúa como contrafuerte de una casa cruciforme, pudo ser datada entre los siglos X y XI, mientras que las cruciforme oscila entre los siglos XIII y XIV”. El arqueólogo considera pretencioso hablar de trama urbana, pero no tiene ninguna duda de “la evolución que experimentó el yacimiento a lo largo del tiempo”.



  La evolución en Lanzarote también se observa claramente a través de la arquitectura de sus poblados más importantes, Zonzamas y Fiquinineo. Con el apoyo del Cabildo, se están realizando excavaciones con regularidad, “que han permitido certificar”, afirma el arqueólogo Efraín Marrero, director de las investigaciones en Fiquinineo, “como se han modificado las construcciones en las diversas etapas de su poblamiento. Las dataciones más antiguas de ambos asentamientos son del siglo VII y estuvieron habitados varios siglos después de la Conquista.

La evolución palmera y gomera

  Juan Francisco Navarro afirma: “Ninguna sociedad humana permanece estática de manera permanente, ni en su modelo económico, ni en los procedimientos de producción y transformación”. Lo ha comprobado en las excavaciones realizadas en La Palma. “Se advierte la presencia masiva de cereales y leguminosas cultivadas –cebada, trigo, lentejas y habas- desde los primeros momentos del poblamiento”. Sin embargo, por causas que no están determinadas, empiezan a escasear hasta desaparecer en los albores del primer milenio de nuestra Era“. ¿Eso significa que se fue abandonando la agricultura en beneficio de otras formas de explotación? ”Probablemente, sí“.

  El inspector insular de Patrimonio Histórico de La Palma, Jorge Pais, apunta a la recolección de productos silvestres en épocas de crisis. “Los benahoaritas, además de agricultores, como ponen de manifiesto las semillas encontradas, eran recolectores”. En épocas de sequía, “las crónicas cuentan que hacían gofio con raíces de helecho y con semillas de amagante”. En la Isla “no hubo una foto fija de la sociedad prehispánica”. La estratigrafía del yacimiento de El Tendal muestra periodos diferentes; “cambian las pautas de sacrificio de los animales y se incrementan los recursos marinos”. 

  Los síntomas de una evolución no son tan acusados en la ganadería, apunta, el doctor Navarro Mederos, “pero existen indicios de cambios en varias de las islas respecto al incremento de la cabaña”. Fuerteventura es un ejemplo porque “el crecimiento fue constante”, señala Luis L. Mata, director del Museo Arqueológico de la cultura majo. Mata recuerda una cita de Le Canarien: “Tienen cabras que son mejores que nuestros corderos”. Navarro indica que también hubo cierta evolución en “la proporción entre las diferentes especies ganaderas”. En La Gomera, “las excavaciones en las Cuevas de Herrera González parecen indicar que durante el periodo de contacto con la cultura europea aumentó el consumo de carne de oveja frente a la de cabra, y cambió el sacrificio indiscriminado de cerdos de cualquier edad por una pauta fija de cerdos adultos”.

  2018 es un año fundamental para determinar la diacronía de la sociedad de los antiguos gomeros, afirma Juan Carlos Hernández, director del Museo Arqueológico de la Gomera. “Hacemos una batería de 53 dataciones de restos humanos y de animales y, entre otros parámetros, Elías Sánchez Cañadillas estudia la evolución de la dieta a través del estudio de isótopos”. Hasta el siglo VII predominó el consumo de proteínas animales y de recursos marinos, lo que indica, según Hernández, “un pastoreo intenso”. Hubo un segundo periodo, hasta el siglo XII, “con mayor preponderancia de la dieta vegetal aunque se mantiene el consumo ganadero”. Por otra parte, en los siglos previos a la Conquista, los arqueólogos han certificado cambios en el hábitat en dos municipios -Valle Gran Rey y Vallehermoso-, en los se combinaron las cuevas, predominantes durante los 1.200 años de sociedad prehispánica, con las cabañas.

 A la investigación del doctor Elías Sánchez, hay que unir la tesis doctoral que está realizando Jared Carballo Pérez, que estudia las huellas que dejan la actividad física en el organismo. Con los marcadores óseos, Carballo “confirma y complementa el trabajo de Sánchez”, apunta el director del MAG. Esto demuestra, asevera Hernández, que “la sociedad aborigen de la Isla evolucionó, no fue una foto fija”.



  

  Un estudio similar al de Carballo lo ha realizado Jonathan Santana en Gran Canaria. A través del análisis de los restos óseos, “hemos llegado a la conclusión de que organización social del trabajo estaba basada en la división sexual”. Todos los oficios eran de igual importancia para la supervivencia del grupo, “pero los marcadores de los huesos vinculan a las mujeres a tareas que requieren mayor fineza, como la elaboración de esteras, curtidos de pieles o la alfarería”. Pero ese comportamiento no fue idéntico en todas las tribus. El estudio de los huesos humanos encontrados una cueva de Guayadeque, en 2020, con restos de 169 indígenas, marca, según publicó Canariasahora, “una tendencia de desgaste en las rodillas, fruto de un hábito postural de cuclillas, que antes se asociaba con trabajos femeninos de moler grano o alfarería, pero que se presenta en ambos sexos por igual, lo que podría apuntar a que las tareas no estaban asignadas por sexo sino que se realizaban por toda la comunidad con independencia del género”.

Las manufacturas de las cerámicas también revelan cambios en La Palma y, en menor media, en Tenerife. Los arqueólogos clasifican en cuatro fases la cerámica palmera. Esa evolución, declara Juan Francisco Navarro, “fue un proceso interno en el que las loceras actuaban a caballo entre mantener los diseños tradicionales y, a la vez, introducir pequeñas innovaciones que, a la larga, acabarían imponiéndose”. Ese dinamismo se acentuó en el siglo XII, “con un cambio brusco en la manera de trabajar el barro, en la forma de las vasijas y en las técnicas y diseños decorativos”. Es la cuarta fase. Para Navarro, esa metamorfosis “vino acompañado de otros cambios culturales y de modo de vida, lo que nos indujo a pensar que en ese momento se produjo una arribada”. Sin embargo, ese supuesto episodio migratorio no está avalado por las investigaciones genéticas, como vimos en el capítulo anterior. A diferencia de Navarro, el director del Museo Benahoarita no considera que el cambio en la última fase de la cerámica fuera tan pronunciado.

La diacronía guanche

El doctor Navarro constata una evolución de la cerámica en Tenerife. “Lo que Arnay de la Rosa y González Reimers definieron como grupos cerámicos II y III constituyen un estilo cerámico mucho menos dinámico que el de La Palma, que se mantuvo en la Isla durante la mayor parte de la historia guanche”. Al margen de esos cambios en las lozas, los registros arqueológicos de Tenerife, afirma el catedrático Antonio Tejera Gaspar, “no aportan muchas pruebas para analizar la evolución de la sociedad aborigen”. Los hábitos funerarios, confiesa la doctora Matilde Arnay, “no variaron porque siempre se enterró en cuevas”. 

Lo que sí aprecia el doctor Tejera en la dinámica social guanche es “un proceso de adaptación al medio muy interesante”. De hecho, “el modelo social no es una foto fija porque hay diferencias entre el norte y el sur. ”Los habitantes del sur tenían muy poca agricultura, pero sí mucha ganadería, sobre todo cabras“. Y en el norte, al tener más agua, la situación era inversa. 

La investigación sobre la evolución de la sociedad guanche, en Tenerife, aportará más luz con el estudio que el profesor y arqueólogo Juan Carlos García Ávila está realizando. Desde el principio del poblamiento hasta la Conquista, “hay una tipología de cerámica que aparece en todos los contextos arqueológicos”. A partir del siglo IX y durante doscientos años aproximadamente, “esa cerámica solo aparece en ámbitos domésticos”. Coincidiendo con esa horquilla temporal, aparece un nuevo tipo de cerámica. La más antigua “tiene formas esférica, semiesférica o cilíndrica, también las hay de tipo anforoide, y está decorada con líneas verticales y horizontales; la otra, son los típicos gánigos con asa vertical, su forma es ovoide y la decoración es escasa, solo en la boca de la vasija”. 

Al margen de las diferencias, la pregunta que se hizo el cofundador de la empresa de arqueología Prored es por qué se produce ese cambio. Empezó a relacionar evidencias en busca de respuestas. García Ávila constata que en los escondrijos de Las Cañadas, en los que se han encontrado numerosos recipientes que los pastores guardaban al regresar a sus poblados, porque en el Teide solo se pastaba en primavera y verano, jamás aparecían cerámicas mezcladas de ambas tipología. También descubre en el yacimiento de Las Estacas, en la costa, ambas cerámicas. En la estratigrafía, con una cronología de 200 años, “aparece la vieja, mientras que la nueva está a la mitad del fragmento y en superficie”. Esto quiere decir que se elaboraron en el mismo lugar. El investigador “interpreta que al ser de producción local y los alfareros hacer los dos tipos, ”la vieja, como dijimos, es de uso doméstico y la otra se mueve por el territorio para actividades del exterior, como el pastoreo, la pesca o la minería en las canteras de producción de molinos“.

Los casos majoreros y bimbapes

La evolución de las sociedades indígenas es una evidencia a tenor de los datos que aportan los expertos. También observamos diferencias entre islas. Fuerteventura y El Hierro son dos casos singulares porque no tienen un espejo en el resto del Archipiélago cuando referenciamos la metamorfosis cultural. Y eso que los majos de Lanzarote compartían una escritura líbica-latina con sus vecinos de Erbania, como veremos en el capítulo noveno- La palabra, así escribían y hablaban el guanche-.

La clave en Fuerteventura es la ganadería caprina; ya lo dejaron escrito los normandos en las crónicas –“están bien provistos de quesos, los mejores que se conocen en estas regiones, y sin embargo solo están hechos con leche de cabra”-. Para el director del Museo Arqueológico de Fuerteventura, Luis L. Mata, “la ganadería marcó la vida económica de los majos. Tenían que ser unos especialistas cabreros, porque llegarían con pocas cabezas de ganado y en el siglo XIV eran miles”. Ya lo dice Le Canarien, recuerda Mata: ‘tienen cabras que son mejor que nuestros corderos’.



 A pesar del legado de las fuentes etnohistóricas y del impulso que ha supuesto el moderno museo arqueológico, inaugurado en diciembre de 2020 en Betancuria, así como la aparición de empresas como Arenisca, Fuerteventura es otra isla en la que queda mucho por indagar. Rosa López, arqueóloga y directora de Arenisca, afirma que “se tiende a pensar que fue una foto fija los 1.300 años de la sociedad majorera aborigen”, sin embargo, estudiando los diversos poblados y sus dataciones –aunque por ahora son pocas-, “observamos movimientos de población”. Por ejemplo, se plantea que La Fortaleza de Tefía –en cuatro islas hay yacimientos con ese nombre- “al ser un lugar elevado pudo ser un refugio en momentos de inestabilidad, pero faltan dataciones para confirmarlo”. Llega a esa conclusión “porque no era un lugar idóneo para vivir y probablemente lo poblaron para defenderse de las razias” previas a la Conquista. 

El Hierro tiene un perfil diferente del resto del Archipiélago. La razón, según su inspectora de Patrimonio Cultura, Maite Ruiz, es la ausencia de pruebas para hablar de una evolución social. De hecho, “la prevalencia de la agricultura o la ganadería no es fácil de determinar dada la escasez de investigaciones arqueológicas en la isla”. En cambio, “existe la constancia de la práctica de la agricultura de una manera prolongada en el tiempo, constatada hasta los albores de la Conquista”. Lo cierto, concluye Ruiz, “es que durante más de mil años pudieron compaginar la ganadería y la agricultura”.

Los mineros del Teide y Hogarzales

La economía de subsistencia protagonizó la vida de los aborígenes. En esas comunidades insulares la existencia del trueque está documentada por la arqueología. “Clarísimo”, responde Jorge Pais. “La cerámica es la prueba. En el sur de La Palma no hay barro bueno pero todos los cantones tienen una cerámica magnífica”. “Existen determinados productos que se dan en un área concreta y luego los encontramos distribuidos por toda Gran Canaria, como la obsidiana”, señala Javier Velasco. Aporta otro indicio que le lleva a pensar que ese comercio rudimentario se daba entre los canarios: “Hemos encontrado restos de alimentos marinos en yacimientos del interior”.

Javier Velasco afirma que “para que exista un comercio hay que darle un valor de cambio, de uso, al objeto”. El arqueólogo recuerda que “las fuentes escritas nos dicen que tenían peso y medidas para las cosas. Es una referencia clara”. 

La obsidiana es un tema recurrente para fundamentar el trueque en la sociedad prehispánica, porque las vetas de este preciado vidrio volcánico están muy localizadas. Sin embargo, se encuentran restos o instrumentos hechos con este material lítico en la geografía de las islas. En La Palma, por ejemplo, está en la cumbre, cerca del Roque de Los Muchachos. En Tenerife, la principal explotación guanche está en las medianías de la falda norte del Teide, en el yacimiento de El Tabonal –ver la tesis doctoral Territorios de aprovisionamiento y sistemas de explotación de las materias primas líticas de la prehistoria de Tenerife. El arqueólogo Cristo Hernández es el autor de ese trabajo y ha realizado estudios geoquímicos con el objetivo de ver la distribución de la obsidiana en Tenerife, un síntoma de que el trueque estuvo presente en la sociedad guanche.

La doctora de la Universidad de La Laguna Matilde Arnay de la Rosa es un referente en la investigación arqueológica en el Parque Nacional del Teide. Los valores naturales y paisajísticos son tan relevantes que su riqueza arqueológica han quedado en un segundo plano. Unas de las sorpresas que experimentó el autor de este reportaje fue descubrir –gracias al arqueólogo Efraín Marrero de la empresa Prored- que Las Cañadas del Teide es un conjunto arqueológico en sí mismo, con centenares de vestigios guanches repartidos en sus 190 kilómetros cuadrados –superficie equivalente a seis veces y media La Graciosa o al 70% de El Hierro-.



La actividad económica en la comarca cumbrera de Tenerife está demostrada: La ganadería y la minería. Debido a las condiciones climáticas, la actividad pastoril solo se realizaba en primavera y verano. “Los pastores acudían con sus cabras a pastar al Teide”, indica la doctora Arnaiz, “y sabemos que venían tanto del sur como del norte porque todavía se conservan los antiguos caminos guanches”. También se han encontrado números recipientes de cerámica que los pastores guardaban en escondrijos cuando regresaban a sus poblados con la llegada del frío.

 El Teide atesora dos canteras a cielo abierto que los guanches usaban como talleres para hacer los molinos con los que realizaban el gofio. Allí encontraban la materia prima para labrar los molinos y las piedras que usaban como herramientas para tallarlos. En las canteras se aprecian numerosos restos de molinos, fracturados durante el proceso de fabricación, y las lascas que se desprendían al labrar la piedra. Con esas lascas, cuenta Matilde Arnay “al tener formas determinadas, los arqueólogos hemos estudiado cómo trabajaban”. 

   El arqueólogo Abel Galindo ha estudiado la industria lítica en Gran Canaria, isla que tiene una espectacular mina de obsidiana en la cresta de la Montaña de Hogarzales, a 1.100 metros de altura. Para obtener el material, “los canarios tuvieron que excavar el subsuelo generando túneles de hasta 15 metros de profundidad, algunos de ellos con apuntalamientos para evitar el desplome de la cubierta. Se trata de la única explotación minera subterránea de Canarias”. Además de este emplazamiento del municipio de La Aldea, en Mogán hay vetas, pero “es diferente; su tonalidad azabache es más brillante”. Aunque solo se extrae en estos dos lugares del oeste, la obsidiana está presente en numerosos asentamientos isleños, lo que induce a pensar que fue moneda de cambio.

  Con la obsidiana y el sílex se hacían filos cortantes. Abel Galindo los ha documentado en el yacimiento de Lomo de los Melones, en La Garita, “donde están asociados a tareas del procesado de productos cárnicos y marinos, en el interior de una vivienda habitada por los matarifes, uno de los trabajos mal vistos, por realizar tareas relacionadas con la sangre, considerada impura”, según las crónicas.

  Los testimonios de los científicos expuestos en esta entrega despejan cualquier duda sobre la diacronía de la sociedad prehispánica en el Archipiélago. Una evolución que también han descubierto los arqueólogos en otras facetas de la sociedad prehispánica relacionadas con el poder, con la muerte y con las manifestaciones rupestres, como veremos en próximos episodios. Lo que no se ha estudiado aún es por qué esta cultura desconocía el arco o la rueda.





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