Tuesday, September 27

Reglas para reconstruir la convivencia en un planeta herido

Kong Qiu, más conocido por estos lares como Confucio, fue uno de los más grandes e influyentes filósofos de todos los tiempos. Vivió a caballo entre los siglos VI y V a.e.c., en una época turbulenta donde se sucedían los enfrentamientos violentos entre los distintos estados feudales de la antigua China. Kong Qiu reparó en la importancia del uso correcto del lenguaje para regenerar una sociedad que se había deslizado hacia la confusión y la anarquía. Las palabras habían dejado de ser puntos de referencia fiables al utilizarse de manera arbitraria sin atender a su auténtico significado. Según se lee en las Analectas, “Si los nombres no son correctos las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan (…) el pueblo no sabrá cómo obrar. En consecuencia, el hombre noble precisa que los nombres se acomoden a los significados y que los significados se ajusten a los hechos. En las palabras del hombre noble no debe haber nada impropio”. Para Kong Qiu existen dos tipos de personas, nobles y vulgares, una segmentación que no responde a la clase social o a las posesiones sino al comportamiento, que debe estar guiado por los principios de benevolencia y rectitud. Un hombre noble no persigue su beneficio, eso es una actitud vulgar, sino que trata de ser justo en todo momento siguiendo las pautas que le dicta su benevolencia que no es otra cosa que el amor por los demás. Por lo tanto, busca el bien común. Lo que diferencia al hombre noble del vulgar es su patrimonio moral.

Avanzando el siglo XXI volvemos a encontrarnos inmersos en otra época de confusión y violencia, de enfrentamientos entre unos y otros. Nuestra tecnificada y arrogante sociedad se encuentra absolutamente invadida por la vulgaridad: cada cual busca sus beneficios en una alocada carrera tan individualista como egoísta que hace del uso impropio del lenguaje una herramienta para conseguirlos. Hoy en día la palabra ha dejado de ser una referencia fiable sobre la que sustentar nuestras relaciones sociales. Estamos construyendo realidades paralelas con hechos alternativos. Alimentamos la confusión con la posverdad, concepto popularizado por el presidente Donald Trump que define el mundo al revés de la política y que en 2017 fue la palabra de moda según el diccionario Oxford. La arbitrariedad del uso del lenguaje, al servicio de intereses espurios, ha llegado incluso a pervertir conceptos de una trascendencia tan profunda como el de “libertad”, convirtiéndose en un poderoso acelerante de nuestra degradación moral. De nuestra vulgaridad.

La superioridad tecnológica de la que han venido disfrutando las sociedades europeiformes en los últimos siglos hizo posible una aventura colonial que consiguió arrodillar al resto del mundo, obligado a plegarse a los intereses occidentales por la gracia de sus cañones. Desde mano de obra esclava hasta materias primas pasando por todo tipo de bienes de consumo, las colonias proporcionaron los medios para un desarrollo económico exponencial, que se fue retroalimentando con el desarrollo tecnológico. Un elemento clave de esta historia fueron los combustibles fósiles, cantidades ingentes de energía de muy fácil acceso puestas a disposición de una sociedad movida por una ambición insaciable que se abrazó al individualismo. El resto de la historia es bien conocido: (1) la colonización física, muy costosa, ha sido sustituida por otra de tipo político-económico parcialmente soportada sobre regímenes títere y deudas inasumibles, (2) el uso indiscriminado de combustibles fósiles ha provocado un cambio climático cuyas dramáticas consecuencias estamos comenzando a sufrir y (3) la anticipada escasez tanto de materias primas como de energía barata está a punto de arrojar a los antiguos señores colonos junto a sus excolonias a una crisis sin precedentes. La aldea global baila peligrosamente al borde del abismo.

Nunca es tarde si la dicha es buena, reza un antiguo refrán que anima a la búsqueda de soluciones sin dejarse arrastrar por la desesperanza. Nunca es tarde, pero cuanto más tarde sea es obvio que más difíciles, costosas y dolorosas serán las medidas a implementar, y menos adecuado será el resultado en términos de bienestar. El sufrimiento puede mitigarse, pero hay que actuar rápido. Para conseguirlo es oportuno volver a algunas pautas básicas, como las reglas confucianas de la benevolencia y la rectitud, reglas que encontramos una y otra vez expresadas de distintas formas a lo largo de la extensa y rica historia del pensamiento ético. Propuestas realizadas por numerosos filósofos que se han ocupado de la moral tanto en Oriente como en Occidente, desde Aristóteles y Platón hasta Kant, Rousseau y Rawls y sus interpretaciones contemporáneas, y que han supuesto el origen de los derechos humanos. También las encontramos presentes, bajo distintas formulaciones, en el hinduismo y el budismo, en las religiones abrahámicas y en diversas culturas indígenas ancestrales. Su transversalidad geográfico-temporal nos habla de su universalidad.

Siguiendo a Confucio, para reconectar con la realidad del planeta y recuperar la sensatez habría que comenzar por “rectificar los nombres”, es decir, por reflexionar sobre el significado de las palabras para utilizarlas de forma apropiada. Hoy en día, después del giro lingüístico en la filosofía, sabemos que la relación entre palabras, significados y hechos es algo más compleja. Los significados no son inamovibles, dependen de los juegos de lenguaje, de la manera cómo usamos las palabras, y estructuran así nuestra percepción y concepción de la realidad. Sirven para comunicarnos, pero gracias a su potencial normativo también orientan nuestras acciones y actitudes. Precisamente por esto las palabras requieren un uso responsable, un uso que respete la historia cultural de los conceptos, incluyendo sus diversificaciones y críticas tanto a nivel normativo como a nivel cognitivo. Esto es particularmente importante con respecto a ciertos conceptos clave ético-políticos y científicos.

Comencemos por la palabra economía, eje axial de todo el sistema político-social en Occidente. La economía comprende todo el conjunto de reglas, normas y actividades necesarias para gestionar la producción, distribución e intercambio de bienes que requiere la vida. Su raíz etimológica se encuentra en la palabra griega “oikonomía”, administración (“némein”) del hogar (“oikos”). Según argumenta Aristóteles en obras como Ética a Nicómaco o Política, para que la actividad económica sea equilibrada debe atenerse a limitaciones impuestas tanto por consideraciones éticas como estéticas, siendo necesario distinguir entre la economía, asociada al arte de “vivir bien”, y la crematística, el arte de enriquecerse. El trueque de bienes por dinero puede dar lugar a un cierto enriquecimiento natural, pero cuando se vende para revender con plusvalías con la única pretensión de obtener una ganancia pecuniaria, la crematística deja de estar subordinada a la economía para convertirse en algo amoral, en términos de Aristóteles incluso en algo antinatural que transforma la actividad comercial en usura: “Muy razonablemente es aborrecida la usura porque, en ella, la ganancia procede del mismo dinero y no de aquello para lo que éste se inventó”.

Hoy en día la actividad económica está tan subordinada a la crematística, que resulta más apropiado hablar de “sistema crematístico” que de “sistema económico”. Esta distorsión se ha conseguido implantando en el imaginario colectivo una serie de mitos y dogmas de fe a cuya cabeza se sitúa el que desvirtúa el significado de la palabra dinero para hacerla sinónimo de riqueza, una extraña riqueza “en cuya abundancia se muere de hambre, como cuentan en el mito de aquel Midas” según notó Aristóteles. A poco que uno reflexione se da cuenta que el dinero no es riqueza sino, tal y como ha sido definido por Harari, el sistema de confianza mutua más extraordinario que ha existido. Es en el marco de este correlato ficticio donde el dinero se asimila con riqueza (al poder “comprarla”), lo que le convierte automáticamente en poder, un poder tan colosal que permite a las élites adineradas mantener a la inmensa mayoría de la población mundial doblegada a sus intereses.

Una de las múltiples leyendas urbanas tejidas por el liberalismo que resulta particularmente ilustrativa sobre cómo se distorsiona la realidad en este mundo de medias verdades, mentiras y fantasías es la del premio nobel de Economía, un premio que, como casi todo el mundo ignora, no existe. Tal y como explica Juan Torres en su libro “Econofakes”, el banco central de Suecia estableció en 1968 el “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel”, que pronto pasó a ser conocido como “premio nobel de economía”, ¡sin serlo!. Los premios otorgados por la fundación nobel fueron creados para premiar contribuciones al bienestar de la humanidad en cinco áreas: Paz, Medicina, Literatura, Física y Química. La pretensión del Banco de Suecia con este premio a las “Ciencias Económicas” no puede ser más obvia: además de incrementar su prestigio, la economía se equipara a ciencias exactas como son la física y la química.

Paradójicamente, al pretender hacer de muchos de sus postulados leyes naturales como la gravedad o el electromagnetismo, el actual sistema económico-crematístico ha derivado en una auténtica religión con sus sacerdotes, sus dogmas de fe, ritos y feligreses. Una religión que se ha infiltrado hasta la raíz de la idiosincrasia colectiva. De hecho, consigue mantener medio paralizados a los estados frente a la tormenta perfecta que ya tenemos sobre nuestras cabezas, arrojándonos granizos del tamaño de pedruscos en forma de olas de calor, sequías, mares moribundos, extinción de flora y fauna, etcétera. Los técnicos-sacerdotes del sistema advierten que no se puede intervenir en el “curso natural” de la actividad económico-crematística a riesgo de que se desaten todos los demonios del averno (“libertad o comunismo” gritan algunos, para aterrar a sus parroquianos). “Dejad que los mercados se regulen a sí mismos”, nos armonizan, aunque esta ausencia de regulación solo haya conseguido acumular dinero y más dinero (poder y más poder) en cada vez menos manos, haciendo de la actividad económico-crematística un juego privativo de oligopolios gigantescos tras los que se esconden los oligarcas, nombre que identifica a los auténticos reyes del planeta del siglo XXI.

El poder del dinero mantiene domeñadas a las democracias liberales, al doblegar las voluntades de los ciudadanos por medio de intensas campañas de desinformación que desfiguran la realidad, utilizando de manera torticera las redes sociales y manteniendo a muchos medios de comunicación a sueldo. El dinero-poder tiene tal fuerza que es capaz de corromper los cimientos de las instituciones hasta llegar a transformar las democracias en auténticas plutocracias. Para que el pueblo pueda ejercer su soberanía no solo tiene que conocer las distintas opciones que tiene ante sí, sino disponer de capacidad para desarrollar criterios sobre los que basar sus decisiones. ¿Cómo vamos a identificar opciones y desarrollar criterios si vivimos en un mundo mítico aderezado por infinidad de bulos y noticias falsas que distorsionan la realidad? Un mundo en el que la vulgaridad se ha deslizado hacia el gamberrismo y la chabacanería, persiguiendo los aplausos de los feligreses más devotos cuya ignorancia es empoderada. Pan y circo, mucho circo para mantener al pueblo ciego a la realidad de un planeta herido que se nos va de las manos mientras nos arrastran a una nueva guerra, tal vez la definitiva… “Hay que mantener el orden en un mundo basado en reglas” es el nuevo mantra que nos vienen repitiendo machaconamente desde la reunión de la OTAN en Madrid. Unas reglas que, dicho sea de paso, nadie explicita cuáles son. ¿Serán las de la ONU, las del Derecho Penal Internacional, las de los Derechos Humanos (incluido el nuevo derecho al acceso a un medio ambiente limpio y saludable), esas mismas reglas que los proponentes del “mundo basado en reglas” se han saltado olímpicamente cada vez que les ha interesado?

Las reglas que hoy necesita la humanidad para reconstruir su convivencia en este planeta herido deben soportarse sobre dos pilares: benevolencia, y rectitud. Bien común, y justicia. Hoy más que nunca debemos abandonar la vulgaridad y desarrollar un verdadero espíritu ético-crítico, para lo cual es imprescindible utilizar las palabras con propiedad y responsabilidad, relatar con decencia y veracidad los hechos sin distorsionarlos con un uso inapropiado del lenguaje. Analizada la situación sin medias tintas ni paños calientes, será necesario elaborar un plan de transición valiente hacia una “nueva normalidad” que se adecue a la realidad del planeta contando con la colaboración de la ciencia, de la política y de la sociedad y siempre sobre la base del bien común y la justicia. La “nueva normalidad” va a exigir un refuerzo de los servicios públicos que garantice una redistribución de recursos a la altura de las circunstancias, una fiscalidad verdaderamente progresiva y orientada al bien común, además de empresas estatales de energía y servicios financieros entre otros servicios críticos. Tenemos que rescatar a las democracias de las garras de los oligarcas que las tienen secuestradas si queremos un futuro para las siguientes generaciones, si queremos garantizar la supervivencia de nuestra especie. Y un último detalle, no menos importante: debemos potenciar una política internacional basada en el diálogo, donde se respete el derecho de cada pueblo a desarrollar su historia a sus propios ritmos sin injerencias interesadas, a la vez que se mantiene una memoria histórica que nos debería llevar a condonar la deuda del sur global no solo por solidaridad, sino por justicia.

Bien común y justicia, o vulgaridad. La elección es nuestra y decide el futuro de la humanidad.



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