Saturday, March 2

Veganismo, una toma de conciencia que empieza por no comer animales

Este 1 de noviembre, se celebra el Día Mundial del Veganismo. El Día Mundial de algo que es mucho más que una forma de alimentarse, aunque la incluya, y aunque muchos, con diferentes intenciones, se empeñen en reducirlo a una dieta. Efectivamente, el veganismo implica no comer nada de origen animal, “vegetariana estricta” me han llamado alguna vez, porque no, el atún no es vegetal, y el queso tampoco. Por cierto, en algún momento podríamos hablar de porqué no podemos hablar de “hamburguesa” vegetal pero sí podemos llamar “sándwich vegetal” al que lleva huevo, mayonesa, y a veces incluso pollo o atún. Pero eso lo dejamos para otra ocasión.

Decía que el veganismo implica no comer nada de origen animal, pero eso es solo una parte, una pequeña parte, podríamos decir la parte imprescindible, de considerarse “vegana”. Y, a su vez, ser vegana es solo una parte, necesaria pero no suficiente, de lo que implica defender activamente los derechos de los demás animales.

No me considero en condiciones de definir el veganismo, entre otras cosas porque implica una evolución siempre necesaria, un aprendizaje continuo, un cuestionamiento permanente. Yo no soy vegana ahora como cuando decidí dar el paso de dejar de comer animales. He ido profundizando en mi compromiso, he ido experimentando lo que implica extenderlo a todos los ámbitos de la vida cotidiana (personal, laboral, familiar, social…), he reflexionado mucho sobre todos esos hábitos cotidianos que van mucho más allá de la alimentación y que es necesario modificar o incluso erradicar para ser coherente con ese compromiso y con esos objetivos, de la misma forma en la que he incorporado nuevas rutinas, nuevas sensibilidades, en búsqueda permanente de esa necesaria coherencia. En este camino he aprendido, me he enriquecido, he renunciado, me he puesto nuevos objetivos, me he frustrado, he avanzado, he retrocedido, he vuelto a empezar… y el camino sigue y sé que nunca acabará.

Creo que eso es el veganismo, el compromiso de vivir tratando de generar el menor daño posible a los demás animales, aprendiendo continuamente cómo nuestros hábitos influyen otras vidas y con la promesa siempre renovada no solo de no hacer nada que los pueda perjudicar, sino de luchar activamente por la defensa de sus derechos, por el fin de su explotación. Y nadie dijo que fuera fácil. Desde que ponemos un pie en el suelo por la mañana nuestras decisiones y nuestros actos están teniendo consecuencias en las vidas de otros. Pero podemos pasar de todo o tratar de ser conscientes de esas consecuencias y hacer todo lo que esté en nuestras manos para que sean menos dañinas y más beneficiosas.

Y en ese camino, la alimentación, no comernos a los demás animales, es donde más se suele poner el foco de lo que significa el veganismo, y lo más sencillo que tenemos a nuestro alcance para no dañar a otros de forma tan directa y tan evidente. Leí hace tiempo que el pacifismo empieza en nuestro plato, y así es. Comernos los cuerpos de otros animales me pareció lo más normal durante gran parte de mi vida, y ahora lo siento como la forma de violencia más normalizada de nuestra sociedad, y la más fácil de erradicar. Por cierto, para quien se preocupe, mi salud no solo no se ha resentido después de casi diez años de veganismo sino que ha mejorado considerablemente. No es la pretensión de este artículo, pero baste recordar que igual que le pueden faltar proteínas a una persona vegana que no se alimente de forma adecuada, le pueden faltar o sobrar a muchas de las personas omnívoras que piensan que por comer “de todo” ya tienen su salud garantizada aunque ese “de todo” incluya un exceso de sal, de azúcares, de grasas… Ser vegana no me garantiza la salud, pero tampoco la merma, y lo que sí tengo claro es que mejora considerablemente la salud de otros muchos animales y del conjunto del planeta.

Y también contribuye a un mejor reparto de los alimentos en el mundo. Fue un experto de la OMS el que dijo hace muchos años que comer carne “es darle una bofetada en la cara a un niño hambriento”, por el derroche de recursos que implica y las repercusiones del malévolo mercado mundial de alimentos, en el que la mayor parte de lo que se cultiva se destina a alimentar ganado, también de lo que se cultiva en zonas deforestadas. La vinculación entre la ganadería y la agricultura animal con la deforestación, la contaminación, las sequías y el cambio climático es mucho más grande de lo que la industria quiere reconocer, aunque cada vez más expertos claman sobre ello, y a ello sumamos lo que para nuestra ética supone criar a miles de millones de animales con el único objetivo de ser consumidos a las pocas semanas de vida, vidas miserables de hacinamiento y privaciones. Un dato: un kilo de carne cuesta hasta 15.000 litros de agua. ¿De qué sirve ducharnos en vez de bañarnos, cerrar el grifo mientras nos enjabonamos o nos lavamos los dientes, o tener una lavadora eficiente, si en cada bocado de carne nos llevamos varios cientos de litros?

Y no, no vale lo de la ganadería extensiva. No tenemos planeta suficiente para pastos si ese modelo de ganadería tiene que satisfacer toda la demanda, y eso sin entrar en otros problemas para la biodiversidad. Recordemos que, por norma general, la ganadería extensiva es incompatible con la presencia de otros animales que no sean los explotados. Los pequeños estorban en el pasto y los grandes son una amenaza. Si no queremos un planeta donde solo existan los animales que nos comemos (lo que es una aberración a la que, al parecer sin darnos cuenta, estamos llegando), tenemos que buscar otras opciones más éticas y más sostenibles. Hay muchas personas de las que aprender, muchos libros que leer, muchos informes que escudriñar, pero desde estas líneas recomiendo dos básicos, dos que para mí han sido esenciales: ‘Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas’, de Melanie Joy; y ‘Filosofía ante la crisis ecológica’, de Marta Tafalla. Creo sinceramente que nadie con ciertos márgenes de elección en su vida y con una mínima conexión entre su cerebro, su corazón y sus tripas puede leerlos sin que un clic active su conciencia.

Con motivo de este Día Mundial del Veganismo, ProVeg ha hecho una encuesta durante dos semanas este mes de octubre para obtener más información sobre la población vegana en España, que estima en unas 276.000 personas, la mayoría entre 25 y 34 años (39%) y entre 35 y 44 (30%), y somos mayoría de mujeres (82,61%).

El 27% de esas personas veganas se concentra en Madrid y Barcelona, las principales ciudades del país y las que mayor oferta proporcionan a este colectivo, pero el 27,29% están en municipios rurales, un porcentaje sorprendente, ya que esos municipios alojan al 15,9% de la población española, es decir, que eso de que el veganismo es un fenómeno “urbanita”, apuntan desde ProVeg, queda desmontado.

La principal razón de quienes secundan el veganismo son los animales (98%), aunque el medio ambiente es apuntado también por el 76,93%. Un 38,62% alega también el cuidado de la propia salud y la justicia alimentaria y social (37,66%). Series documentales o películas (54,43%), las redes sociales (50,06%) y la información recibida a través de organizaciones (19,22%) facilitaron el inicio del camino.

Según esta encuesta, el 86,05% de las personas veganas acuden sobre todo a supermercados para comprar los productos alternativos como hamburguesas, quesos o sustitutos del huevo, aunque el 53,21% también lo hace en tiendas veganas y un 37,62% lo hace sobre todo en herbolarios y tiendas ecológicas. En cuanto a los productos, las leches vegetales son consumidas habitualmente por el 82,78%, el tofu lo es por el 82,39%, los texturizados son comunes para el 63,67% y por detrás siguen los sustitutos de carne de pollo (37,66%) y el seitán (33,42%).

“Es curioso e incluso hasta gracioso ver cómo el tofu es uno de los productos estrella dentro de una alimentación vegetal cuando de primeras, sabemos de buena mano y por experiencia propia que suele empezar en nuestros platos como el gran odiado. Reconocemos que realmente se trata de desconocimiento ya que en nuestra cultura no aprendemos a prepararlo, hasta que realmente nos ponemos a investigarlo”, comenta Verónica Larco, directora de comunicación de ProVeg España.

A pesar del incremento de la oferta en los últimos años, más del 63% de los encuestados por ProVeg reconoce que cuando pregunta en locales de hostelería por opciones veganas se suele encontrar con el desconocimiento por parte del personal, por lo que esta organización anima a estos profesionales a investigar, formar el personal y ofrecer platos vegetales, ya que se traduce directamente en nuevos clientes que arrastran a grupos de amigos y familiares, añade Verónica Larco.

Para quienes quieran iniciarse en una alimentación vegana, la llegada de Veganury a España es una buena noticia, ya que en breve iniciará su campaña para probar el veganismo durante el mes de enero con un acompañamiento para que sea más fácil. Desde su nacimiento en 2014, esta organización que ahora aterriza en nuestro país ha acompañado a millones de personas para descubrir “lo deliciosa y completa que puede ser una alimentación vegana, y lo sencillo que puede ser incorporarla a su día a día”, además de ayudar a las empresas a incluir más productos vegetales en su oferta.

Las inscripciones para participar en este “reto” se abrirán el 5 de diciembre y quienes se suscriban recibirán cada día, a partir del 1 de enero, recetas, información nutricional, recursos y promociones especiales para ir acompañando cada paso de este aprendizaje.

“Una alimentación vegana es lo mejor que podemos hacer para ayudar al planeta y reducir el sufrimiento de los animales”, señala Amanda Romero, directora de Veganuary en España y activista con una larga trayectoria en defensa de los animales. “Por cada millón de participantes que lo prueban durante el mes de enero, se ahorran 6.2 millones de litros de agua, se dejan de emitir 103,804 toneladas de CO2 equivalente a la atmósfera y se salvan 3.4 millones de animales de una vida de sufrimiento. En pocos ámbitos tenemos tanto poder para mejorar las cosas”, apunta.

Lo mejor de este “reto” es que, según los datos recopilados por Veganuary entre los inscritos que han respondido a sus encuestas, buena parte de las personas que ya lo han hecho en otras partes del mundo han reducido su consumo de productos animales mucho más allá de ese mes de inicio.

Y otras muchas, seguro, se han planteado al menos si es tan normal que nuestro menú esté formado sobre todo por los cuerpos de animales con capacidades de sentir, de sufrir y de disfrutar idéntica, cuando no superior, a la de animales con los compartimos nuestra vida, nuestro hogar. Animales por los que nos preocupamos, a los que protegemos de cualquier daño o peligro, animales a los que nos gusta ver disfrutar, que nos hacen reír, que se llevan un pedazo de nosotras cuando se van para siempre. No tiene ningún sentido, por mucho que nuestra mente sea capaz de generar auténticos engendros para paliar esa disonancia cognitiva y protegernos de tener que hacernos preguntas incómodas y actuar en consecuencia. Dejar de comernos a nuestros compañeros de planeta es el primer paso para proteger un planeta que también es suyo. Y es solo el principio, no el final, de la toma de conciencia y de la lucha activa que es en realidad el veganismo.



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